Cuando los hijos se van de casa: qué es el síndrome del nido vacío y cómo enfrentarlo
Una experta explica las señales de alerta y entrega claves para enfrentar esta etapa tras la salida de los hijos del hogar.
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La salida de los hijos del hogar suele ser vista como una etapa natural en la vida familiar. Sin embargo, para muchas madres y padres también puede transformarse en un proceso emocional complejo, marcado por tristeza, soledad, desorientación y pérdida de sentido.
Este fenómeno, conocido como síndrome del nido vacío, ha comenzado a visibilizarse con más fuerza en los últimos años.
Según la psicóloga y docente de ADIPA, María José Jeldres, el cambio no solo altera la rutina diaria, sino también la forma en que muchas personas se perciben después de años dedicadas al cuidado.
Cuándo el nido vacío puede afectar la salud mental
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“El síndrome del nido vacío hace referencia al malestar emocional que pueden experimentar algunos padres cuando los hijos dejan el hogar o comienzan una vida más independiente”, explicó la especialista.
Entre las señales más frecuentes aparecen la sensación de vacío, tristeza persistente, nostalgia, dificultad para reorganizar las rutinas y una percepción de pérdida de propósito. En algunos casos, las personas sienten que la casa quedó demasiado silenciosa o que las actividades cotidianas perdieron sentido.
Desde ADIPA advierten que el impacto puede ser mayor en quienes centraron gran parte de su identidad en la maternidad o paternidad, especialmente si cuentan con pocos espacios personales fuera del rol de cuidado.
“Cuando gran parte de la identidad y la rutina giran en torno al cuidado, la salida de los hijos puede sentirse como una pérdida muy significativa”, señalaron.
El malestar también puede afectar la relación de pareja o la convivencia familiar. Mientras algunas personas logran reencontrarse con nuevos proyectos, otras enfrentan ansiedad, síntomas depresivos, aislamiento social o dependencia emocional excesiva hacia sus hijos.
La experta recomienda mantener rutinas significativas, recuperar intereses personales, fortalecer vínculos sociales, conversar sobre las emociones y buscar ayuda profesional si el malestar persiste.
“Adaptarse a esta etapa requiere tiempo y también la posibilidad de reconstruir una identidad más allá del rol parental”, agregó Jeldres.