CRÍTICA. ‘El diablo viste a la moda 2’ triunfa con nostalgia y una evolución necesaria de sus personajes
A pesar de ofrecer una propuesta al límite en su trama, cumple con la función de entretener y es ampliamente respaldada por las emociones.
Estamos ad portas del estreno de El diablo viste a la moda 2, secuela de una de las películas más populares de la década del 2000. En ADN ya pudimos verla y a continuación repasamos lo más relevante.
Lo primero a consignar es que la espera valió la pena. Han pasado casi 20 años desde la primera vez que vimos a Andy Sachs (Anne Hathaway), Miranda Priestly (Meryl Streep) y compañía, pero la magia no se pierde.
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David Frankel vuelve a desempeñarse como director, acompañado nuevamente de Aline Brosh McKenna en el guion, lo que aseguró un relato similar a lo visto en 2006, pero no igual.
En lo cinematográfico, lograron una historia redonda que es capaz de brillar por sí sola. Esto permite que aquellos que no vieron (o no recuerdan) la primera entrega, puedan disfrutar de igual manera.
¿Era necesario?
Pero sin duda alguna el fuerte, y la gracia de este proyecto, es poder deleitarse con los golpes de nostalgia y la emoción de reencontrarse con viejos conocidos.
En esa línea, hay que valorar que no se repite exactamente la misma fórmula y se fundamenta la creación de la cinta. Así, se evitan cuestionamiento a la clásica pregunta de estos casos: ¿Era necesario?
El filme nos permite retomar la vida de protagonistas que supieron cautivar al público hace un par de décadas. Pero cuenta con una composición propia e independiente, con un conflicto y estilo que evidencian una evolución de los personajes.
También se propone un contexto actualizado considerando temáticas actuales y un desarrollo de la conciencia social que a veces parece ser un arma de doble filo.
El mundo del periodismo
Si bien la película logra ser cercana y fácil de digerir, hay una conexión especial con el mundo del periodismo, por lo que aquellos que se desempeñan en aquel escenario la vivirán de una forma especial.
Vemos una Andy que logró crecer en lo profesional y que aún lucha por crecer en lo personal. Ya es una periodista de renombre y, que por una serie de hechos inesperados, se reencuentra con Miranda en Runway.
Sachs sufrió el duro y repentino golpe de ser despedida de su medio, argumentando un reajuste y recorte de recursos. Es así como, por lo que parecía ser un juego del destino, vuelve a la oficina de Priestly, aunque esta vez con mucha más experiencia y relevancia.
Pero las cosas en Runway tampoco van del todo bien. Debe revertir un contexto adverso tras una serie de actos desafortunados, pero también sufre con la desconsiderada evaluación financiera que no piensa en el periodismo real y de peso.
Alma real de la película
Todo este entramado le suman complejidad al relato, haciendo que todo tenga un tono agridulce (pero que se disfruta). Y si bien es llevado de forma correcta, pudo haberse trabajado de mejor manera para no debilitar otros puntos que son claves para los fanáticos.
A ratos está muy cerca de cruzar la delgada línea de la densidad y caer en lo tedioso. Pero es ahí cuando llegan algunos giros en el guion que brindan pequeños revulsivos.
Sin embargo, en medio de todo ese conflicto corporativo hay veces en que se pierde fuerza y pareciera que el alma real de la película se sostiene en la melancolía y emoción por el regreso.
Aún así, hay que reconocer que no se abusa de los guiños al pasado, un error muy fácil de cometer. La parte creativa se preocupó de que las referencias sean para dar rumbo a esta nueva entrega.
Una conexión que traspasa la pantalla
En cuanto al desempeño del reparto no se puede dar muchas vueltas. La actuación estuvo a la altura de los nombres involucrados.
Hathaway continúa con su trabajo pulcro y demuestra una vez más por qué se ha ganado un lugar especial en Hollywood. Pudo superar el desafío de retomar un papel tras varios años y no recaer en la repetición absurda y forzada.
Por su parte, Streep ofrece otra interpretación de primer nivel. Aunque en esta oportunidad tuvo que darle un giro al rol de Miranda, siendo más blanda de lo que se conocía.
Y si bien no es un punto que se le deba cuestionar a la actriz, la construcción del personaje apela a una emoción predecible para unir a ambas protagonistas. Pero lo cierto es que la veterana de la moda destacaba por su dureza y veneno, algo que bajó en muchos niveles.
Emily Blunt, con un papel secundario pero con incidencia, logró plasmar de buena forma esa nueva versión más oscura pero abiertamente real de Emily Charlton, aunque a ratos se exageraba más de lo necesario con la idea de dejar una imagen clara.
En tanto, Stanley Tucci se mantuvo sólido como Nigel Kipling, un hombre que sabe cuando y cómo actuar bajo el alero de Miranda Priestly; el actor responde a la misma lógica en su interpretación.
Pilares fundamentales
Otro punto a considerar es el rol de la moda. Si bien se mantiene presente, parece haber sido relegado a detalles o un complemento.
A pesar de ser el centro de todo, el mundo de la alta costura deja de ser un pilar fundamental y asoma más bien como algo anecdótico que es implementado mediante escenas específicas, marcas y menciones que parece forzadas para no perder ese hilo.
En definitiva, El diablo viste a la moda 2 logra ser una película que cumple con su rol de entretención, pero con menos fuerza en lo que respecta a la diversión. Es más bien una apuesta que se juega lo audaz sustentada por el colchón de la nostalgia y los personajes entrañables.