El día que Antofagasta vio sangre correr: 120 años de la Matanza de la Plaza Colón
En 1906, una manifestación de trabajadores terminó en una represión que dejó más de 50 fallecidos. Un año antes del famoso caso de la Escuela Santa María de Iquique, este acontecimiento tiñó de rojo una de las plazas emblematicas de la capital regional.

En las primeras horas de aquel martes 6 de febrero ya se divisaban en la ciudad grupos de huelguistas comentando los acontecimientos. Al mismo tiempo, tropas de infantería llegaban para resguardar la Intendencia, mientras contingentes de marinería desembarcaban con el objetivo de proteger los intereses del ferrocarril.
Era 1906, la huelga aún era parcial y se extendía principalmente al ferrocarril y a algunos establecimientos. Frente a esto, el intendente decretó la prohibición de la venta de bebidas alcohólicas, del porte de armas blancas y de fuego, y suspendió el derecho a reunión, todo ello con el declarado propósito de restablecer el orden público.
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A las ocho de la mañana partió el tren de pasajeros, que pese a ir custodiado por fuerzas de infantería fue atacado con una lluvia de piedras. Este acto expresaba la protesta de los huelguistas contra el gremio de fogoneros y maquinistas, a quienes acusaban de falta de compañerismo y de negarse a secundar lo que consideraban un movimiento justo.
Lo que se narra está registrado en el libro Matanza Plaza Colón Antofagasta, 6 de febrero de 1906, de Sergio Gaytán, que documenta los hechos ocurridos en la ciudad. Este viernes se cumplen 120 años de la masacre.
Horas después del ataque al tren, comenzó a circular un manifiesto en el que se exponían las causas de paralizar los trabajos en el ferrocarril y en otras empresas. El documento establecía como condiciones para retomar las labores:
- Una hora y media de almuerzo, sin suprimir el cuarto de hora destinado a las onces.
- Aumento del 20 % en el salario de los trabajadores de la Compañía Chilena de Salitre.
El libro detalla que como condición previa a cualquier negociación, se exigía además la libertad inmediata e incondicional de los miembros del Comité, detenidos en jornadas previas arbitrariamente, lo cual se consiguió gracias a las gestiones de Luis Emilio Recabarren, fundador del Partido Comunista.
“Una de las grandes problemáticas señaladas por los obreros en 1906 tiene que ver con el incremento del costo de la vida, especialmente el arriendo, lo que obligaba a muchos a instalarse en los suburbios de la ciudad, dificultando el desplazamiento hacia el puerto o el ferrocarril, principales fuentes de trabajo”, cuenta Christian Campos a ADN.cl.

Christian es profesor de historia. Vive en Antofagasta y allí realiza caminatas guiadas donde narra la historia de la ciudad. En dicho trayectos hay uno por la Plaza Colón, lugar ubicado en el corazón de la ciudad y por el cual diariamente pasan cientos de personas.
“La demanda específica tiene que ver con la media hora de colación, algo que unifica a todos los trabajadores de la ciudad, ya que en el resto del país el tiempo de colación era de una hora y media, mientras que en Antofagasta solo tenían una hora”, explica.
La cuestión social
Con el correr de las horas, la huelga se hizo general. Numerosos grupos de trabajadores recorrieron las calles cerrando negocios, paralizando trabajos particulares, deteniendo tranvías e incitando a los cocheros a sumarse al movimiento.
La ciudad ofrecía entonces un panorama de puertas cerradas, calles colmadas de huelguistas y patrullas de policía y tropas de línea recorriéndolas en resguardo del orden.
Para Campos, estos hechos no pueden leerse como un episodio aislado. Esto, menciona, se enmarca dentro de la cuestión social de principios del siglo XX y responde a un proceso mayor de organización obrera.
“Es un proceso también, en el caso de Antofagasta y de todo el norte chileno, de maduración de la organización obrera. Se vuelven mucho más combativas, más conscientes de sus derechos, van surgiendo líderes, quizás el caso más emblemático sea el de Luis Emilio Recabarren”, señala el docente.
Guardias de honor
Temerosos de que sus propiedades sufrieran daños, los representantes del comercio local solicitaron al intendente Daniel Santelices autorización y armamento para organizar una guardia civil que protegiera los negocios, bajo el mando de Adolfo Miranda.
En un primer momento, el intendente se negó, pero ante la insistencia terminó accediendo, con la condición expresa de que no se hiciera uso de las armas salvo en caso de un motivo plenamente justificado.
Desde fines de enero, explica Campos, la media hora de colación había funcionado como el elemento aglutinador del movimiento. En la mayoría de los casos, los conflictos se resolvieron mediante acuerdos con empresas y casas comerciales. Sin embargo, hubo una excepción clave: la empresa del Ferrocarril Antofagasta-Bolivia, de capitales británicos, que mantuvo una postura inflexible frente a cualquier negociación.

Cripta.
“Así se llega al 6 de febrero. Ese día, el intendente solicita la presencia del Regimiento Esmeralda y también el desembarco de marinos del Blanco Encalada. Estamos hablando de cerca de 200 hombres armados protegiendo el muelle, el ferrocarril y la Plaza Colón”.
Además, se entrega armamento a un grupo de civiles, en su mayoría comerciantes españoles, aunque también chilenos, peruanos y bolivianos, pertenecientes a sectores acomodados, que buscaban proteger sus intereses económicos.
“Son conocidos como guardias blancas o guardias de honor. Ellos son, sin duda, uno de los grandes causantes, ya que todos los testimonios coinciden en que la primera bala que da inicio a la matanza proviene precisamente de estas guardias”
La masacre
Los obreros se encontraban en el mitin en la Plaza Colón. De improviso, apareció la llamada guardia de honor, formada con corrección militar y en actitud provocadora, relata el libro de Gaytán.
La aparición fue recibida con silbidos y gritos desde el público, como: “¡Abajo los pijes armados!”. Aquello bastó para que los integrantes de la guardia abrieran fuego contra los trabajadores.
Los obreros intentaron escapar por las calles Washington y Balmaceda, tratando de ponerse a salvo del ataque desatado. Pero en su retirada se toparon con contingentes de la marinería, que cerraron el paso y prolongaron la represión.
La balacera se extendió por breves pero devastadores tres minutos, en el que fueron abatidos decenas de trabajadores. Los registros oficiales de la época reconocieron entre 50 y 60 muertos, aunque diversos testimonios y fuentes posteriores sostienen que la cifra real de víctimas habría superado con creces las 300 personas.
“Una constante frente a las demandas sociales”
Al día siguiente, la ciudad amaneció colmada de indignación, de acuerdo a los diarios de la época. Como consecuencia inmediata de los sucesos, se produjo una fuerte carestía de artículos de primera necesidad, no por escasez, sino por el abuso y la especulación de los comerciantes.
La autoridad no intervino para normalizar la situación. Los responsables de la matanza permanecieron en libertad.
El profesor Christian Campos reflexiona: “la respuesta del Estado fue la represión, una constante frente a las demandas sociales de la época. Las labores se reanudaron sin que se cumplieran las demandas. El desafío hoy no es solo recordar, sino enseñar, visibilizar y resignificar. Mientras esta historia no ocupe el lugar que merece en la educación, el espacio público y la conciencia colectiva, Antofagasta seguirá caminando por una plaza que guarda silencio”.

Escultura de hierro que representa un puño obrero desrielando una vía ferroviaria. Fue instalada en 2018 por agrupaciones sociales. Hoy se encuentra destruida.
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