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“Es como darles alcohol para dormir”: La dura advertencia de Soledad Garcés a los padres sobre el uso de pantallas

A propósito de la ley que busca limitar las redes sociales en Chile y el mundo, la académica de la U. de los Andes advirtió sobre el daño de calmar a los niños con tecnología y evidenció cómo el uso temprano de dispositivos merma el bienestar emocional.

Soledad Garcés, experta en educación digital

Soledad Garcés, experta en educación digital

12:38

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El reciente anuncio del primer ministro británico, Keir Starmer, sobre la prohibición del acceso a redes sociales para menores de 16 años en el Reino Unido, ha reabierto el debate global sobre el impacto de la tecnología en la infancia. La medida, que busca mitigar los problemas de acoso y la infelicidad en los jóvenes, afectará a plataformas como TikTok, Instagram, YouTube y Facebook. En Chile, donde un proyecto de ley similar ya avanza en el Congreso, especialistas analizan los pros y contras de esta desconexión forzada.

Para Soledad Garcés, directora de la Fundación para la Convivencia Digital y académica de la Universidad de los Andes, la iniciativa es un excelente punto de partida. “La tecnología llegó para quedarse (...) pero no nos puede alterar el ciclo del desarrollo, el desarrollo de la identidad, la salud mental”, señala la experta en conversación con Andrea Obaid en Tu Nuevo ADN, enfatizando que las pantallas deben ser reguladas para evitar daños en los menores.

El costo de abandonar el “mundo real”

Más allá de la adicción que generan estas plataformas, la principal preocupación de Garcés radica en el tiempo que los niños restan al mundo físico. “Todas esas horas que los niños dejan de jugar al aire libre, a conectar visualmente con las personas, a conversar, a pensar (...) son horas que tu cerebro no se desarrolla como se tiene que desarrollar”. La académica advierte que las capacidades adquiridas en el mundo virtual son a corto plazo y no se transfieren a la vida real, lo que genera adolescentes con falencias crónicas y dificultades para regular la dopamina, ya que su cerebro aún está en formación.

Para graficar el daño que provoca la sobreexcitación cerebral por el uso temprano de pantallas sin supervisión, Garcés hace una dura analogía dirigida a los padres que usan los dispositivos para calmar a sus hijos: “Si yo te dijera, oye, para que tu hijo se quede dormido, dale un poco de alcohol, tú me dirías, oye, no, eso le hace muy mal (...) las pantallas también le hacen daño, un daño diferente, pero también le hacen daño”.

Brecha socioeconómica y bienestar emocional

Un punto crítico en el debate nacional es la desigualdad en la regulación. Mientras los colegios de mayores ingresos ya están incorporando normativas de desconexión, en las escuelas públicas la realidad es distinta. Garcés explica que muchos de estos establecimientos tienen urgencias mucho más graves, como instalar pórticos para evitar el ingreso de armas. Por ello, defiende que una regulación por ley obligaría a todos a “sumarse al mismo carro”, cortando las brechas según el nivel socioeconómico.

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Asimismo, la experta aclara un concepto fundamental: restringir la tecnología no mejora automáticamente la salud mental clínica, pero sí tiene un “enorme impacto en el bienestar emocional”, permitiendo que los jóvenes aprendan a gestionar sus propias emociones. De hecho, recalca que problemas graves como el ciberacoso son, en el fondo, una consecuencia directa de la falta de desarrollo de habilidades sociales y resolución de conflictos desde la infancia.

Jóvenes interesados y el “efecto secundario” en Australia

Contrario a lo que se podría pensar, los adolescentes chilenos no son del todo ajenos a esta problemática. Según una encuesta inédita realizada por su fundación a 600 jóvenes, un 10% está completamente de acuerdo con la restricción por edad y cerca de un 60% declaró querer saber más del tema, evidenciando que no ven la tecnología como algo 100% inofensivo.

No obstante, Garcés llama a ser sumamente cautelosos con la implementación de estas leyes, tomando como referencia lo que está ocurriendo en Australia. Tras la aplicación de normativas estrictas, ha surgido un fenómeno inesperado: los adolescentes australianos se quedaron sin su principal canal de información, desconectándose de la actualidad de su país. “Ahora la generación de adolescentes no está entendiendo las dinámicas propias de su cultura (...) incide en el voto, en la educación cívica, en su participación ciudadana”, advierte la experta, abriendo el debate sobre cómo informar a los menores si se les prohíbe el acceso a las redes.

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