El Regreso del Guerrero: Angelo Pierattini celebra la vida y emociona en su vuelta a los escenarios
El músico chileno volvió a los shows en vivo tras el accidente que lo mantuvo en riesgo vital. Entre abrazos, canciones, amigos y confesiones íntimas, protagonizó una noche donde la música fue apenas una excusa para celebrar que sigue aquí.

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La primera imagen ya era suficiente para entenderlo todo. Angelo Pierattini apareció entre el público del Teatro Nescafé de las Artes con una guitarra colgada al hombro y cantando “Las Cosas Simples”. No necesitó más. Bastaron unos pocos versos para que la sala completa se pusiera de pie y acompañara una canción que, por una noche, dejó de hablar de recuerdos para transformarse en una declaración de supervivencia.
No era un concierto cualquiera. Era el regreso de un hombre que hace apenas unos meses luchaba por su vida tras un grave accidente automovilístico. Era el reencuentro de un artista con un público que lo acompañó durante su recuperación. Y era, sobre todo, la celebración de alguien que miró la muerte de frente y regresó para contarlo cantando.
“Estoy vivo todavía cabros, gracias por esta noche”, dijo en uno de los primeros momentos en que tomó la palabra. La frase fue simple, pero cargaba el peso de una historia que todos en la sala conocían. El aplauso que siguió sonó menos como una ovación y más como un abrazo colectivo.
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Durante toda la presentación, Pierattini pareció caminar entre la emoción y el agradecimiento. Sonrió, bromeó, presentó a sus músicos, Diego Peralta en bajo eléctrico, Felipe “Metraca” Salas en batería, Pablo Jara en guitarra eléctrica y Dominga Corral en acordeón, y agradeció una y otra vez. “No saben lo feliz que estoy en este momento”, confesó más adelante. Quienes han seguido su carrera reconocieron al mismo compositor apasionado de siempre, pero también a alguien distinto: más consciente del tiempo, más afectuoso, más dispuesto a detenerse en cada gesto.
Los amigos, la familia, las personas y la celebración
Los invitados ayudaron a construir esa atmósfera de celebración. Tata Barahona apareció para interpretar “Carita de gato”, Carlos Cabezas se sumó para revivir “El adiós” de Cordillera, mientras Pablo Ilabaca, compañero de aventuras musicales desde hace décadas, compartió uno de los segmentos más íntimos de la noche. Juntos recorrieron recuerdos, canciones y hasta una sentida relectura de “In My Life”, el clásico de The Beatles que pareció resumir el espíritu de toda la velada.
Hubo momentos de humor, como cuando invitó a personas del público a probar suerte con su guitarra eléctrica, y otros de profunda intimidad. Uno de ellos llegó cuando recordó que comenzó el año en riesgo vital y que hoy está a solo semanas de convertirse en padre. Entonces dedicó “Ay Morena” a su pareja, en una escena que emocionó a gran parte de los asistentes.
Uno de los momentos conmovedores, y que dieron el ejemplo perfecto de la mística de reencuentros de la jornada, llegó hacia el final. Mientras se posaba en la escalera del escenario del teatro cantando a la gente, reconoció entre el público a una persona que le gritó durante el show, un comentario a viva voz que no causó tanta simpatía en el músico. Sin embargo, al encontrar a la persona, se percató que se trataba de un antiguo profesor de Historia de sus años escolares. Lo que comenzó como una interacción casual terminó con Pierattini acercándose para cantarle directamente, transformando un encuentro inesperado en uno de esos momentos imposibles de planificar y difíciles de olvidar.
La noche también dejó espacio para el futuro. Con el estreno de “No estoy muerto, espérame”, una canción escrita tras el accidente, el músico abrió una nueva etapa creativa marcada por la experiencia reciente. Una obra luminosa y esperanzadora que fue recibida con la misma emoción que acompañó todo el concierto.
Olé, olé, olé, Weichafe
Casi en la última parte del show, Pierattini se dispuso a abrir un espacio al repertorio de Weichafe, la banda con la que construyó parte importante de su trayectoria.
Acompañado por una formación especialmente reunida para la ocasión, desató la euforia del público con clásicos de la banda que revivieron “Disco Rojo” a 24 años de su estreno, y como era de esperar, los asistentes respondieron coreando cada verso y levantando el clásico grito de “¡Weichafe, Weichafe!”.
Cuando sonaron las últimas canciones y las luces comenzaron a encenderse, quedó la sensación de haber asistido a algo más que un espectáculo. Lo de Angelo Pierattini no fue solamente un regreso artístico. Fue la historia de un hombre recuperando su lugar en el mundo, rodeado de amigos, de canciones y de cientos de personas que llegaron para recordarle que, a veces, volver también puede ser una forma de nacer de nuevo.
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