Recomendaciones para que padres controlen el exceso de pedidos navideños de sus hijos
No siempre lo que los niños reclaman es aquello de lo que más disfrutan. Ante el hostigamiento publicitario, se debe aplicar el sentido común, estimular el sentido crítico y marcar límites.
La
conquista por estas fechas la programación infantil de las cadenas comerciales, que cada vez atraen más a los pequeños. Y cada corte publicitario es esperado por la audiencia infantil con interés.
Los anuncios marcan pautas de consumo y de conductas en un target especialmente sensible por su falta de defensas maduras. Porque si la publicidad es la comunicación de tipo persuasivo que persigue cambiar, reforzar o crear actitudes hacia un producto o un servicio, la consecución de este objetivo resulta mucho más sencilla de lograr en niños.
¿Qué deben hacer los padres ante este hostigamiento publicitario? Sobre todo aplicar el sentido común, estimular el sentido crítico y marcar límites.
Los niños son el blanco de la industria del juguete. Pero también un objetivo interpuesto, dependiendo de la edad, ya que ellos no tienen capacidad de compra directa, sino otra facultad no menos importante: la de influir en sus padres, que son quienes abren la cartera o pasan la tarjeta de crédito.
En este proceso hay ciertos factores que juegan a favor de la industria. Por un lado, la atmósfera de mundo de fantasía en la que se envuelve la Navidad. En este entorno fantástico, no van a ser ellos los que pongan freno a la hora de pedir a sus padres buena parte de la oferta que se les presenta en las pantallas de televisión o en las tiendas de juguetes.
Además, los menores son un objetivo relativamente fácil para los estímulos publicitarios, ya que tienen mucha menor capacidad crítica que los adultos. A edades tempranas, ni siquiera son capaces de distinguir entre las series y los dibujos animados, por una parte, y los espacios comerciales, por otra. Un anuncio es un entretenimiento más y los programadores lo saben bien.
Aunque no es lo mismo un niño de cuatro años que uno de ocho. A partir de los seis años se considera que los menores comienzan a adquirir el pensamiento crítico. Cuentan con capacidad de razonamiento y de lógica, lo que les permite, por ejemplo, entender las reglas en el juego.
Otra etapa clave en el desarrollo es la adolescencia, el momento en el que se adquiere el pensamiento adulto. De ahí que los esfuerzos se centren en las edades comprendidas entre los cuatro años y la preadolescencia. Este grupo de niños y niñas son los más sensibles a los impactos publicitarios.
En un estudio se pidió a unos niños que redactaran sus cartas antes que comenzara la campaña de anuncios de Navidad y, más adelante, que las repitieran metidos de lleno en la vorágine de anuncios. En el primer caso, los pequeños pedían en genérico (una muñeca, un automóvil de juguete), mientras que en el segundo entraban en el detalle de marcas concretas.