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La vida del «Chapo» Guzmán en la cárcel

Joaquín Guzmán Loera está aislado y gasta su tiempo entre la lectura y el ajedrez.

La vida del «Chapo» Guzmán en la cárcel

La celda es pequeña. No más de seis metros cuadrados. Hay un lavabo metálico, una taza, dos rollos de papel higiénico y un camastro. Ahí duerme. Hace dos meses que le metieron ahí después de sacarle de la cárcel de El Altiplano. Esposado de pies y manos fue enviado de noche y sin mayores explicaciones al penal de Ciudad Juárez. El traslado se decidió tras haberse detectado una fisura en la seguridad.

Joaquín "Chapo" Guzmán Loera mata el tiempo en reuniones con abogados y las visitas a la enfermería. Esos paseos fuera del anillo blindado ofrecían un punto de fuga. "Eran una rutina peligrosa", señala una fuente policial. Por eso lo enviaron 1.800 kilómetros al norte de México. En Ciudad Juárez se clonó el blindaje de El Altiplano. En el interior, 75 agentes se dedican exclusivamente a su custodia. En el exterior, 600 policías y soldados. Ahí gasta su tiempo con un ajedrez y unos libros. Por sus manos pasaron El Quijote, Una vida con propósito -del pastor evangélico Rick Warren- y El caballero de la armadura oxidada -una obra de autoayuda del estadounidense Robert Fischer-.

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Según los responsables de la Procuraduría General de la República, su envío a EEUU es inexorable. “La catarata de recursos presentados por Guzmán Loera pueden retrasar el proceso, pero no pararlo”, señala una fuente. El temor del ejecutivo mexicano radica en una nueva fuga. Nada se deja al azar, ni siquiera su intimidad. Las cámaras le siguen continuamente. Graban sus movimientos y los de sus guardias.

Sus abogados denuncian sus condiciones de aislamiento. “El trato es cruel, inhumano y torturante; puede acabar con su vida”, sostienen. Los encargados de su custodia aseguran que se encuentra bien, aunque admiten que se evita por todos los medios que entre en contacto con los guardias. El protocolo es estricto. En El Altiplano un funcionario le preguntó si era su cumpleaños y fue despedido. "Es obsesivo con la limpieza", comenta una fuente de seguridad. En uniforme marrón claro, descansa en otra celda que brilla por su limpieza. Tanto que anda descalzo. Ha dejado sus zapatillas blancas, parecidas a zuecos sanitarios, en una esquina y no levanta la cabeza del tablero.

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Afuera, el universo que creó se desmorona. Su gran pasión, la actriz Kate del Castillo, vive bajo la amenaza de una posible detención. Su supuesta amante, la diputada Lucero Sánchez López, fue despojada de la inmunidad por el propio Congreso de la República, y la federación de células armadas que controlaba se resquebrajan. La horizontalidad del cártel le juega en contra. No hay un líder visible y se ha desatado la guerra por el territorio. La disputa llegó hasta la casa de la madre de El Chapo en La Tuna, la tierra sagrada del Cártel de Sinaloa. La vivienda de Consuelo Loera fue asaltada y debieron llevársela en avioneta hasta un lugar seguro.

Los abogados de Guzmán Loera difunden que están dispuestos a negociar con Estados Unidos. "Si hay acuerdo, retiramos los recursos", señalan. Washington ya dejó claro que antes de cualquier paso, tiene que entrar en su territorio y declararse culpable. El reinado llega a su fin. A sus 58 años, Joaquín Guzmán Loera lo debe saber. En su celda de Ciudad Juárez, a pocos kilómetros de la frontera, tiene frente a sí los legajos de la extradición, un tablero y tiempo para pensar en su próximo movimiento.

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