OPINIÓN. El fútbol sobrevive a todo: este Mundial tendrá una final que no se merece
El periodista de ADN, Aldo Schiappacasse, plantea todos los obstáculos para el fútbol y los hinchas de la Copa del Mundo que se define este domingo.

El fútbol sobrevive a todo: este Mundial tendrá una final que no se merece / Chris Brunskill/Fantasista
Habría que empezar por lo obvio: este Mundial no lo merecía. No merecía llegar a una final España-Argentina, la final soñada, el choque entre el mejor colectivo del planeta y la selección con más alma competitiva de la historia reciente. Y sin embargo, aquí estamos. El domingo, en el MetLife de Nueva Jersey, el fútbol volverá a hacer lo que mejor sabe hacer: sobrevivir.
Porque sobrevivir fue el verbo de este torneo. Sobrevivió a los precios obscenos de las entradas, esos que hicieron sospechar que le habían robado al mundo un gusto popular. Sobrevivió a la pausa de hidratación, a los enredados cambios del reglamento, a los fiscales investigando el sistema de venta de boletos, a los hoteles impagables.
Sobrevivió a un árbitro somalí deportado por un error burocrático, a selecciones revisadas hasta los zapatos en los aeropuertos, a una FIFA que necesitó presión mediática para permitir preguntas en español en un Mundial jugado en México. Sobrevivió, incluso, a la llamada telefónica de un presidente pidiendo que le levantaran una roja a su delantero. La pelota, decía Maradona, no se mancha. Este Mundial se empeñó en demostrar lo contrario, y la pelota, terca, siguió rodando limpia.
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Y vaya si rodó. Porque mientras los escritorios acumulaban vergüenzas, la cancha acumulaba milagros. Cabo Verde y las atajadas de Vozinha. Marruecos eliminando a Países Bajos. Brasil y Alemania despedidos antes de tiempo. México e Inglaterra firmando en el Azteca uno de los partidos más memorables que se recuerden.
El torneo más cuestionado de la historia terminó siendo, futbolísticamente, uno de los más fascinantes. Esa es la paradoja que define a este deporte: cuanto más lo maltratan los que lo administran, más nos rescatan los que lo juegan.
¿Qué se verá el domingo?
Y ahora, la final. De un lado, España, que no depende de nadie porque depende de todos. El equipo de De la Fuente le dio a Francia una lección táctica en la semifinal, una paliza de posicionamiento y paciencia donde el gol de Oyarzabal y el de Porro fueron apenas la consecuencia lógica de una idea. España no tiene un salvador: tiene un sistema. Lamine Yamal es su chispa, sí, pero la hoguera la alimentan once.
Del otro lado, Argentina, que es exactamente lo contrario y exactamente igual de admirable. Perdía con Inglaterra a los 55 minutos y ganó a los 92, porque Argentina no juega partidos: los pelea. Enzo Fernández empató, Lautaro Martínez sentenció, y en el medio hubo eso que no se entrena ni se dibuja en pizarras: el gen competitivo de un país que entiende la adversidad como invitación. Messi, en el último gran desafío de su carrera irrepetible, buscará su segunda Copa consecutiva, algo que nadie logra desde el Brasil de Pelé.

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El colectivo contra las individualidades. La idea contra el carácter. El heredero de 19 años contra la leyenda de 39. Es, en el fondo, una final entre dos formas de entender el fútbol que llevan un siglo discutiendo entre sí, y esa discusión es la razón por la que este juego nos tiene atrapados.
Por eso, cuando el domingo ruede la pelota en Nueva Jersey, todo lo demás quedará en suspenso. Los negocios, las polémicas, los premios de la paz entregados a políticos, las investigaciones, los comunicados. Durante 90 minutos —o 120, o los penales, quién sabe— el mundo volverá a ser un lugar simple: veintidós tipos, una pelota y miles de millones de personas conteniendo la respiración.
El fútbol sobrevive a todo. A los dirigentes que lo esquilman, a los presidentes que lo manosean, a los precios que lo alejan de su gente. Sobrevive porque no les pertenece a ellos: nos pertenece a nosotros. Y el domingo, una vez más, vendrá a dejarlo claro.
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