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Oh, que pena: adiós a Bonnie Tyler

Desde “It’s a Heartache” hasta “Total Eclipse of the Heart”, la voz rasposa de Bonnie Tyler marcó una época de melodrama pop, versiones chilenas, himnos de estadio, cine ochentero y virales de internet.

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A finales de los años setenta, antes de convertirse en la reina indiscutida del melodrama pop de sintetizadores y peinados escarmenados, Bonnie Tyler ya había conquistado las radios del mundo con “It’s a Heartache”. En ese entonces, su marca registrada no eran los coros operáticos ni las producciones gigantescas, sino esa voz rasposa, herida y arenosa que sonaba como si hubiera estado cantando bajo la lluvia en un muelle gales. Era un sonido íntimo y desgarrador, una gema de la balada clásica que caló hondo a nivel global y que en Chile tuvo su propia e inmediata traducción.

Aquí la conocimos bajo el título de “Oh, Qué Pena”, en una fantástica versión del grupo de onda disco Frecuencia Mod, una banda marcada por el exceso sonoro de los setentas y tempranos ochentas, adaptada al castellano por la célebre compositora Scottie Scott. Lo que nadie presintió en ese momento fue el extraño viaje temporal de la canción: esa misma progresión melancólica de acordes terminaría transformándose, décadas después, en la base de uno de los cantos más apasionados de la barra “Los de Abajo” de la Universidad de Chile: “Bulla, vamos Los Leones”. Es el milagro del pop, capaz de viajar desde un lamento gales hasta el cemento de una galería de estadio.

Pero el verdadero punto de inflexión en la carrera de Tyler ocurrió cuando su camino se cruzó con el del arquitecto absoluto del exceso sonoro de los ochenta: Jim Steinman, el creador del llamado “rock wagneriano”. Steinman venía de componer esa catedral del exceso que fue “Bat Out of Hell” para Meat Loaf, y lo suyo era el piano desbocado, las guitarras cargadas de épica y la teatralidad total. Juntos lograron una hazaña casi irrepetible: el 1 de octubre de 1983 coparon simultáneamente el número uno y el número dos del Hot 100 de Billboard. En la cima estaba, por supuesto, la desgarradora “Total Eclipse of the Heart” de Bonnie, mientras que en el segundo puesto acechaba “Making Love Out of Nothing at All” de Air Supply, otra colosal composición de Steinman.

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Aquella melodía de Air Supply quedó grabada en la memoria colectiva local de una forma muy particular, pues cuando la programaban en la entrañable Radio Galaxia ochentera, los locutores solían traducirla libremente como “Haciendo el amor lejos de todo”. Al mismo tiempo, el magnetismo de “Total Eclipse...” era tal que no tardó en cruzar el charco idiomático con la versión en español “Eclipse Total Del Amor”, interpretada por la cantante cubano-peruana Lissette, consolidando el sonido Steinman como la educación sentimental de la época.

Aunque la deriva de “Total Eclipse...” no se detuvo en la balada: años después, sufrió una mutación insospechada en una versión en ese horroroso estilo techno noventero llamado High Energy (Hi-NRG), la música canónica de los juegos de tagadá, en especial del mítico tagadá de El Quisco, donde la desmesura melódica daba paso a un bombo incesante que musicalizaba los porrazos de los veraneantes.

Esa urgencia dramática no tardó en colonizar el cine. De esa misma factoría wagneriana nació “Holding Out for a Hero” para la banda sonora de Footloose, inmortalizada en aquella delirante escena donde Kevin Bacon compite a bordo de tractores gigantes en un duelo de “juego de la gallina” contra el rudo novio de Lori Singer (quien ya se había hecho famosa en la mítica serie de televisión Fama). El desafío es simple: un tractor avanza contra el otro y el primero que desvíe el rumbo pierde. La tensión se dispara cuando al personaje de Bacon se le enreda el cordón del zapato en el pedal del acelerador, impidiéndole frenar y forzándolo a seguir de frente, obligando a su rival a esquivarlo y lanzar su tractor a un arroyo en el último segundo para salvar el pellejo.

Esta electrizante escena rinde un homenaje brillante y un intertexto directo a la famosa carrera hacia el acantilado de Rebelde sin causa (1955). Pero allí donde en el clásico de James Dean la tragedia se desata porque la manga de la casaca de Buzz se engancha fatalmente en la manilla de la puerta de su auto impidiéndole escapar antes de caer al vacío, en Footloose la trampa física se invierte con ironía pop: el cordón atrapado en el acelerador es lo que de forma involuntaria salva a Ren McCormack, obligándolo a lucir como un héroe temerario y suicida que jamás pestañea ante el peligro.

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Esta mitología de asfalto húmedo, carreras nocturnas y romances al límite era la actualización ochentera de un viejo fantasma americano. Nos conecta también con las carreras de autos de American Graffiti de George Lucas, donde un joven Harrison Ford -entonces un simple carpintero descubierto en Hollywood por Lucas- desafiaba el peligro, y, sobre todo, con el subgénero de fines de los cincuenta de las Teenage Tragedy Songs. Canciones de muerte romántica como “Tell Laura I Love Her”, “Leader of the Pack” de las Shangri-Las, o “Last Kiss”, donde el amor juvenil se sellaba trágicamente entre metal retorcido y neumáticos chillando bajo la lluvia.

El peak de esta estética cinematográfica de cuero, neón y testosterona llegó con la obra maestra de Walter Hill, Calles de Fuego (Streets of Fire), protagonizada por una magnética y jovencísima Diane Lane. Aunque muchos auditores juraban escuchar los coros de Bonnie Tyler en la película, la verdad es que la música corría por cuenta de Fire Inc., una banda ficticia liderada por la voz de Laurie Sargent que nos legó dos himnos absolutos del melodrama pop: “Tonight Is What It Means to Be Young” y “Nowhere Fast”.

No era la única épica que intentaba ensanchar los límites de la canción pop en los ochenta. En 1987, Mike Oldfield (Mike, a secas, no Michael) editó su disco Islands, cuyo tema homónimo fue interpretado magistralmente por la propia Bonnie Tyler, una obra que buscaba esa sintonía de paisajes monumentales. De hecho, en la edición estadounidense del álbum, la canción “Magic Touch” fue interpretada nada menos que por Max Bacon, el virtuoso vocalista de GTR, aquella superbanda de rock progresivo que había fundado junto a leyendas de las guitarras como Steve Howe y Steve Hackett. Era un pop que, al igual que el de Steinman, respiraba ambición y no le temía a la escala monumental.

Toda esta gloriosa exageración, este derroche de pathos y storytelling, estaba destinado a convertirse en un hito digital. Recuerdo con mucha nitidez una tarde de 2009 cuando, en la sede de Recreo, mis alumnas de la Universidad Adolfo Ibáñez me mostraron en la pantalla de un computador uno de los primeros virales de YouTube: la “literal video version” de “Total Eclipse of the Heart”. Ver cómo la letra original de la canción era reemplazada paso a paso por una narración literal y desternillante de lo que ocurría en el bizarro videoclip -los ojos brillantes de los niños en el internado, las palomas volando sin sentido, los ninjas danzantes y los ventiladores a toda potencia- me hizo reír hasta las lágrimas. Era el choque definitivo entre la solemnidad de los ochenta y la ironía de la era de internet.

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Al mirar atrás y despedir la época de oro de Bonnie Tyler, uno no puede evitar sentir una profunda nostalgia por esa forma de entender la música. Era una era donde el pop no le temía al ridículo, donde el barroco y el melodrama eran herramientas legítimas para conmover y donde la desmesura de un sintetizador o un solo de guitarra wagneriano nos hacía creer, aunque fuera por cuatro minutos, que el amor y la pérdida eran asuntos de vida o muerte. Hoy, en un mundo musical cada vez más plano y calculado para el algoritmo, la partida de esa estética nos deja un vacío difícil de llenar, el eco de una voz que supo gritarle al cielo con la fuerza de un huracán.

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