Perito forense y el acoso sexual laboral: “Lo que se observa es su uso como herramienta de control”
“El acoso sexual laboral no es una anomalía, sino una práctica que emerge y se sostiene en estructuras de poder profundamente arraigadas”, asegura la psicologa Claudia Riquelme.

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Existe una creencia cómoda en el debate público: la idea de que el acoso sexual en el trabajo es el resultado de un “individuo desviado”, un sujeto con problemas personales o impulsos descontrolados que actúa de forma aislada.
Sin embargo, los datos de la victimología, la criminología y los estudios de género cuentan una historia mucho más incómoda. Así lo analiza la psicologa Claudia Riquelme.
La perito forense y docente de Psicología de la Universidad Andrés Bello asegura que el acoso no es una anomalía del sistema: “el acoso sexual laboral no es una anomalía, sino una práctica que emerge y se sostiene en estructuras de poder profundamente arraigadas”.
Desde la criminología, la evidencia es contundente: quienes ejercen acoso suelen ser personas funcionales y plenamente integradas en sus organizaciones. Lejos de ser un arrebato de deseo, el acoso funciona como una herramienta de control y reafirmación de estatus. No se trata de sexo, sino de dominación.
Las organizaciones que mantienen jerarquías rígidas y liderazgos autoritarios son el caldo de cultivo ideal. Cuando los mecanismos de control son ineficaces y las sanciones inexistentes, el sistema envía un mensaje claro: se castiga más la denuncia que la agresión. En este escenario, la impunidad no es un error, es una consecuencia lógica.
La vulnerabilidad como posición estructural
La victimología contemporánea ha dejado de preguntar “¿por qué esa persona fue víctima?” para analizar las condiciones que facilitan la victimización. No es una cuestión de debilidad de carácter, sino de vulnerabilidad estructural.
- Dependencia económica: El miedo a perder el sustento.
- Precariedad contractual: La falta de respaldo legal y estabilidad.
- Asimetría jerárquica: La imposibilidad de confrontar a quien ostenta el poder.
Ante estas barreras, muchas víctimas optan por resistir en silencio, asumiendo un costo emocional devastador ante la falta de alternativas reales.
El género como eje de subordinación
Como bien señaló la jurista Catharine MacKinnon, el acoso sexual es, en esencia, una forma de discriminación que reproduce relaciones históricas de subordinación.
Las estructuras de género dictan quién puede acosar y quién debe tolerar. Mientras las normas de masculinidad refuerzan una dominación legitimada, las de feminidad relegan a la mujer a roles de obediencia.
Incluso en sus formas más sutiles (bromas, insinuaciones o comentarios ambiguos) el acoso cumple una función que Michel Foucault describiría como disciplinaria: un recordatorio constante para ciertas personas sobre cuál es “su lugar” en la escala social y laboral.
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