No es falta de fuerza de voluntad: la razón por la que a algunas personas les cuesta bajar de peso
Un nuevo reporte de expertos advierte que la obesidad es una batalla genética y hormonal, no una falla de carácter o falta de disciplina.

Bajar de peso / Karl Tapales
Durante décadas, la fórmula parecía simple e inquebrantable: si quieres adelgazar, debes comer menos, moverte más y tener la disciplina de hierro para mantenerlo. Sin embargo, la ciencia moderna ha comenzado a desmantelar esta creencia, exponiendo que el fracaso en las dietas no es producto de la pereza o la glotonería, sino de una compleja resistencia biológica diseñada para garantizar la supervivencia humana.
Nuevas investigaciones sugieren que la capacidad de perder kilos y no recuperarlos está gobernada por factores que escapan al control consciente. Se trata de una lucha desigual entre el deseo de estar en forma y un organismo programado genéticamente para aferrarse a sus reservas de energía, activando alarmas hormonales potentes cada vez que detecta una restricción calórica significativa.
La tiranía de los genes
Según detalla un extenso reportaje publicado por BBC Mundo, el concepto de “fuerza de voluntad” es científicamente inadecuado para abordar la obesidad. Giles Yeo, genetista de la Universidad de Cambridge, es enfático al señalar que la biología de cada individuo dicta reglas diferentes: mientras algunas personas se sienten saciadas rápidamente, otras experimentan un “apetito voraz” dictado por variantes en sus genes.
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“Se encuentran cambios en estos genes en personas con obesidad, lo que significa que sienten más hambre y tienen menos probabilidades de sentirse llenas”, explica Yeo en la publicación. Actualmente, la ciencia conoce en detalle solo unos 40 genes que influyen en el peso, pero se estima que existen miles de ellos operando en las sombras, controlando desde la velocidad del metabolismo hasta la intensidad del deseo por alimentos ricos en calorías.
El cerebro en modo supervivencia
El artículo profundiza en cómo el cerebro actúa como un termostato de grasa. El Dr. Jenkinson, otro de los expertos consultados, ilustra el problema de las “dietas yo-yo” con un ejemplo demoledor: si tu cerebro ha fijado tu “peso ideal” en 100 kilos y logras bajar drásticamente, tu organismo no lo celebra; al contrario, entra en pánico.
“La reacción de tu cuerpo es la misma que si te estuvieras muriendo de hambre”, detalla Jenkinson. Para contrarrestarlo, el sistema reduce el gasto energético y dispara las señales de apetito —tan urgentes e ignorables como la sed— para obligarte a recuperar lo perdido.
Por su parte, la Dra. Kim Boyd, directora médica de WeightWatchers, coincide en que la narrativa histórica ha sido errónea. “Durante décadas se ha dicho a la gente que es simple, pero la obesidad es mucho más compleja”, señala. Esto explica por qué los nuevos medicamentos para la pérdida de peso (como los análogos de GLP-1) están siendo tan efectivos: no le piden a la persona que “sea fuerte”, sino que intervienen directamente en los circuitos químicos que regulan el hambre, nivelando el campo de juego biológico.
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