El precio oculto de la carrera espacial: satélites y cohetes elevan la contaminación en la Tierra
Estudios recientes revelan el alto impacto de estos procesos, pero sugieren que aún estamos a tiempo de reducir los daños generados.

El auge de la industria aeroespacial y el despliegue masivo de satélites están dejando una marca ambiental preocupante en las capas más altas de nuestro planeta.
Un nuevo estudio científico revela que el carbono negro (comúnmente conocido como hollín) emitido por los cohetes se aloja en la atmósfera superior durante años.
Debido a la altitud en la que es liberado, este contaminante específico tiene una capacidad de alterar el clima 540 veces mayor que el hollín generado por los automóviles o las industrias en la superficie de la Tierra.
La investigación, liderada por especialistas del University College de Londres (UCL) y publicada en la revista Earth’s Future, analizó de forma exhaustiva el impacto atmosférico de la actividad espacial actual.
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El estudio no solo contempla los gases de combustión emitidos durante el despegue, sino también los residuos generados cuando los satélites viejos y los restos de cohetes quedan inservibles y caen de regreso.
El informe pone un foco crítico sobre las llamadas ‘megaconstelaciones de satélites’, redes masivas que comenzaron a proliferar con fuerza desde 2019.
Según los modelos matemáticos desarrollados por los investigadores (basados en la actividad registrada entre 2020 y 2022), estos sistemas ya representaban el 35 % del impacto climático total del sector espacial en 2020.
Las proyecciones indican que esa cifra escalará de forma preocupante hasta alcanzar el 42 % para el año 2029.

Un escenario ampliamente complejo
La acumulación de estas partículas en las capas superiores genera un fenómeno particular: actúa como un filtro que reduce la radiación solar que alcanza el suelo.
Aunque este bloqueo de luz simula técnicas teóricas de geoingeniería diseñadas para enfriar el planeta artificialmente, los científicos advierten que este beneficio será mínimo frente al calentamiento global proyectado para los próximos años.
A pesar de las alertas, el equipo de investigación subraya que todavía existe un margen de maniobra. Así lo explica Eloise Marais, geógrafa de la UCL y una de las firmas principales del estudio.
“El impacto de estos contaminantes en la atmósfera es relativamente pequeño, por lo que aún tenemos la oportunidad de actuar a tiempo antes de que se convierta en un problema más grave y difícil de revertir o reparar”, asegura.
El ritmo de la actividad aeroespacial avanzó tan rápido que las estimaciones de la industria que anticipaban 65.000 satélites adicionales para el cierre de la década quedaron obsoletas.
Los autores reconocen que sus advertencias podrían estar subestimadas, dado que el volumen de misiones se disparó tras cerrar su ventana de análisis.
El afán por desplegar nuevas redes comerciales llevó a que los lanzamientos anuales de cohetes casi se triplicaran a nivel global, pasando de 114 misiones en 2020 a 329 registros en 2025.
El principal motor detrás de este incremento es la red Starlink de SpaceX, que cuenta con cerca de 12.000 dispositivos en órbita. Esta flota se transporta mediante cohetes Falcon 9, que operan con queroseno.
Al quemarse arriba, este componente inyecta el hollín directamente en un entorno sin lluvias que lo limpien, a diferencia de la contaminación urbana.
El informe concluye alertando que los lanzamientos también liberan componentes químicos como el cloro, que amenazan con degradar la capa de ozono.
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