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Así es la co producción chilena «Matar a la bestia» que se estrenó en el Festival de Toronto

La película, dirigida por la argentina Agustina San Martín, debutó con buenas críticas en la sección Discovery del TIFF.

Así es "Matar a la bestia" que se estrenó en el Festival de Toronto

Así es "Matar a la bestia" que se estrenó en el Festival de Toronto

La bruma lo inunda todo o eso parece en los primeros instantes de Matar a la bestia, la co producción chilena que, además de Spencer de Pablo Larraín, participa en la selección oficial de este año del Festival de Cine de Toronto, TIFF.

La productora nacional Oro Films comparte créditos con Caudillo Cine (Argentina) y Estudio Giz (Brasil) a la hora de levantar esta original y muy femenina apuesta audiovisual y que debutó con buenas críticas en la sección Discovery: justamente la muestra del certamen que alumbra sobre las nuevas figuras y voces autorales del cine de distintas partes del mundo.

La joven e intuitiva directora argentina Agustina San Martín despeja la bruma inicial de su muy buen filme para dejar claras las cosas: esta es la historia de una joven de 17 años, callada, discreta y que se aloja en una pensión de una tía que queda en un territorio fronterizo entre Argentina y Brasil: un permanente matorral de confusión y dudas entre qué es real y qué es fantasía.

Matar a la bestia: Qué está permitido y qué no

Apenas llega a este nuevo territorio, el punto de vista de Emilia (Tamara Rocca) se toma la pantalla: ella desea encontrar a su hermano Mateo mediante el permanente y estéril uso de llamadas telefónicos.

Mientras su búsqueda comienza, lo que va a terminar de encontrar es el espíritu de una bestia que anda suelta en el villorrio, según le advierten al llegar: un espíritu que se apodera de los animales con el objeto de hacerle hace daño a las jóvenes inocentes.

Esa advertencia sobrevuela esta sensorial y pequeña gran película sobre el ethos de la propia protagonista: cuya propia libido y deseos sexuales se cuelan por las rendijas de sus propias represiones de forma elegante y sutil.

Agustina San Martín filma sutilmente, sin aspavientos, movimientos telúricos de gran resonancia moral y emocional en el subterráneo de su personaje, pero sin agitarnos ni hacernos sentir en un carrusel mil veces vistos antes. Esto es un eco discreto, casi origámico, de lo que significa crecer siendo mujer, en un lugar poco hostil y donde una bestia feroz puede ser el destino final de este viaje.

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