• 05 ABR 2026

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La crisis económica debilita la transición en Egipto

El sector turístico se ha hundido y la actividad privada se ha ralentizado tras la revuelta del 25 de enero.

No es fácil encontrar en El Cairo a alguien que reconozca añorar a Hosni Mubarak. Egipto vive en plena efervescencia, con grandes esperanzas en el futuro. Pero la revolución iniciada el 25 de enero está resultando muy cara. El crecimiento económico se ha frenado, el turismo huyó y solo la ayuda financiera internacional permite que el país resista el tránsito desde una dictadura a, si todo sale bien, una democracia imperfecta.

El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han aportado préstamos por unos 4.300 millones de euros. El Banco Islámico de Desarrollo prestó otros 2.400 millones. Eso ha permitido al Gobierno provisional elaborar un presupuesto que cubre las medidas de choque adoptadas para evitar un cataclismo social: creación de 450.000 nuevos empleos públicos (el Estado ya ocupa al 30% de la población) y aumento de las ayudas a los sectores más pobres, fundamentalmente subvenciones al precio del pan. El crecimiento económico fue del 6% en 2010; para el actual ejercicio, el Ejecutivo confía en alcanzar el 2%, aunque las estimaciones privadas lo rebajan hasta el 1% o incluso menos.

La economía egipcia es, tras las medidas de apertura impulsadas por Mubarak, una paradoja neoliberal. Por volumen, figura entre las 30 mayores del mundo. Cuenta con corporaciones gigantescas, como Orascom. Pero 40 millones de personas, la mitad de la población, viven con dos dólares diarios o menos. Eso explica que, pese a la crisis, el desempleo apenas suba del 10%: hay quien trabaja por una simple comida diaria y alguna propina.

Los problemas económicos son muy agudos en el sector privado, parcialmente paralizado por la campaña anticorrupción lanzada por el Gobierno: gran parte de las más recientes inversiones inmobiliarias y energéticas se realizaron de forma ilegal, con sobornos a técnicos y autoridades políticas, porque con Mubarak era así como se hacían las cosas.

El desplome más brutal, en cualquier caso, es el del turismo. Desde que a finales de enero hubo que evacuar a casi un millón de turistas, atemorizados por la convulsión política y la violencia callejera, los visitantes extranjeros (14 millones el año pasado) se han convertido en una rareza.

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