La historia ahora se escribe con rojo: Chile es el bicampeón de América
La selección se sobrepuso a sus propias falencias, un horrible arbitraje y la clase del rival para lograr su segunda consagración continental.

Se harán, en el futuro, análisis racionales. Se escribirán estas historias, se repetirán estas hazañas, se recitarán los nombres de estos guerreros de camiseta roja. Se hablará de la clase inagotable de Alexis, la categoría mundial de Bravo, el corazón de Gary Medel, el despliegue titánico de Arturo Vidal.
Ese análisis se escribirá en el futuro. Ahora, en este presente luminoso, Chile es el bicampeón de América. Y es el momento de disfrutar.
Antes fue la guerra. Aleonada por la necesidad del título que le falta en los últimos años de su rica historia, Argentina salió más enchufada en el partido ante un Chile que cometía, una y otra vez, errores en la salida. Las opciones de los dirigidos por Gerardo Martino empezaron a sucederse y Gonzalo Higuaín, el villano de la final del 2015 para los trasandinos, desperdició un claro mano a mano ante Claudio Bravo a los 20'.

La historia parecía inclinarse definitivamente hacia la vereda albiceleste cuando el árbitro brasileño Heber Lopes, de tan mala actuación que irritó a chilenos y argentinos, le mostró la segunda amarilla a Marcelo Díaz cuando apenas corrían 27 minutos. Chile asumió el golpe y se reagrupó con una línea de cinco resguardada por tres mediocampistas y Eduardo Vargas en solitario en ofensiva.
La escuadra roja aguantó el chaparrón y a los 42' una violenta entrada de Marcos Rojo terminó con el defensa expulsado y le dio un segundo aire a los chilenos, que lograron equiparar el trámite en la segunda etapa. Pizzi optó por Puch en reemplazo de Fuenzalida y poco después el "Gato" Silva, hoy héroe del bicampeonato, reemplazó a un renqueante Alexis Sánchez.

El nuevo grande
Vino el alargue y los fantasmas empezaron a aparecer con más fuerza en el horizonte argentino. El "Kun" Agüero, reemplazante de Higuaín, clavó un cabezazo imposible en el rincón del arco pero Bravo, en una imagen que perdurará en varias generaciones de chilenos, despejó el balón de manera milagrosa para terminar de inscribirse en la historia.
La definición a penales encontró a Chile sin tres de sus ejecutores –Díaz, Alexis y Matías Fernández, lesionado antes de la Copa- y con Arturo Vidal enviando el primer lanzamiento a las manos de Romero. Era la historia antigua, el quedarse a un paso de la gloria, el triunfo moral.
Nada de eso pasó. Todo eso se acabó. Lionel Messi, otro del que hablará la historia, envió su disparo sobre el larguero chileno. Después no se equivocaron ni el novel Nicolás Castillo, ni el heroico Charles Mariano Aránguiz, ni el mapuche-haitiano Jean Beausejour. Después no pudo Biglia ante la figura enorme de Bravo.
El Gato Silva, un tipo callado, que juega, corre y cumple en silencio, se paró frente a Romero con el rostro serio, dispuesto a volver a romper la historia. Y rompió el arco para alargar este presente luminoso, con Chile bicampeón de América. Con Chile como el gigante. Con la historia teñida, otra vez, de rojo furioso.

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