¿Qué tiene para ofrecer XCLNT, el nuevo disco de Los Tres? Más que nostalgia, es un disfrute que rompe esquemas
Henríquez, Lindl, Parra y Molina sellan el retorno pleno de Los Tres con su último disco XCLNT, grabado en los estudios Abbey Road, de Londres. Así suena su nuevo trabajo, estrenado este viernes

Álvaro Henríquez generando un acople con una Rickenbacker en un Vox AC30 en Abbey Road, la imagen no es casual. John Lennon usaba una de estas guitarras, y el amplificador es el que acompañó a Los Beatles prácticamente durante toda su carrera. Pero, también la modernidad y vanguardia estaban ahí.
Ángel Parra utilizó una Fender “Jack White” Triplecaster, que con toneladas de ganancia marcó el sonido de algunas pistas. El Precision Bass y contrabajo de Titae no faltaron, y por supuesto, un set clásico de tambores y platillos jazz rock para la batería de Pancho Molina.
El mítico estudio 2, donde grabaron los “fab four” fue el elegido para dar vida a uno de los lanzamientos más esperados del año, el retorno discográfico de Los Tres con su formación original. Ensayaron dos meses para ajustar cada detalle, grabaron en vivo las bases de cada canción, a la vieja usanza, con el fiato y oficio de una banda madura.
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La captura de este momento fue responsabilidad de Diego Bustamante en las consolas, bajo la producción del propio Álvaro Henríquez.
Este es su recorrido sonoro en 11 canciones, del disco estrenado este viernes 10 de abril.
1.- Cantar y amar
Una canción sin intro, directo al mentón, urgente. La sensación de escuchar a la banda de vuelta, tocando juntos, reconociendo el sello interpretativo de cada integrante, justifica por sí sola la decisión de ser la pista destacada para marcar este retorno. El manejo de las dinámicas para pasar entre estrofas revela el fiato de quienes se conocen años.
Para los guitarristas, los golpes de acordes de Parra y los arpegios nos retrotraen a los arreglos de “De hacerse se va a hacer” del disco FOME. Existen pequeños detalles de percusión en el coro final que aparecen como un poco de luz dentro de una letra que si bien es esperanzadora no deja de tener un toque nostálgico de principio a fin. Las líneas de bajo son un acierto en cada sección, sobrio pero certero.
Los más ortodoxos quizás extrañaron un solo de guitarra, o un break de batería rupturista. Sin embargo, hay veces en que la letra toma su lugar, y no hace falta más que una banda tocando, y celebrando el hacer música nuevamente. Este es el caso.
2.- Como llegaste te vas
En los primeros acordes con la sonoridad de un guitarrón chileno queda claro que estamos frente a una relectura de la veta de rescate folklórico de Los Tres. El uso de la guitarra eléctrica como rítmica da cuenta de ese cruce de caminos entre el rock y lo popular autóctono chileno.
Ya llegando al primer minuto se produce un giro especial, cada instrumento pareciera abrirse en direcciones rítmicas de estilos distintos pero conviven de un modo bastante vivo y desafiante para el oyente que recibe estímulos diversos en cada compás. Las entradas a coros son únicas de este lado del mundo, suena a música chilena, a tonada, y rock and roll.
El pattern de batería de Molina a contratiempo acompañado de el bajo de Titae marcando octavas altas y bajas al estilo de la música disco le da un dinamismo nuevo, que resignifica la forma en que entendemos hasta este momento las tonadas rock que proponen Los Tres.
3.- La vida al revés
El intro de guitarra con armonías, el golpe con baquetas al borde de la caja, el paso por los tom de la batería, inmediatamente nos transporta a la sonoridad del bolero. Perfectamente, esta canción podría ser de estas compuestas en los años 40 y traída al presente como un rescate musical.
Las analogías de Henríquez destacan por elegantes y viscerales. El solo de Parra tiene un sonido muy particular, un overdrive destacando las cuerdas graves de la guitarra, y el trémolo muy al estilo de los viejos amplificadores de tubos de los años sesenta.
La base rítmica de algún modo nos hace pensar en “Amor violento”, puede ser una exageración o comparación injusta. Sin embargo, lo medular de la música popular dentro del lenguaje del desamor, suena así, es la fórmula precisa.
4.- Al menos solo por hoy
Ya corrido el primer tercio del disco entramos de lleno en las sonoridades del rock and roll, la herencia del blues, esa sonoridad marcada por un ritmo pulsante, la saturación de los amplificadores, cierres de estrofas con acordes con cuerdas al aire.
La voz de Henríquez a rango completo en el coro, un agrado de oír. Un duelo de guitarras acelerado, un bajo con escalas blues frenéticas una muestra de la onda de una banda en vivo, la batería marcando con el ride abriendo espacios.
Escuchar esta canción nos puede hacer imaginar fácilmente el disfrute de los primeros ensayos, la preproducción del disco, ese momento en que las canciones comienzan a cobrar vida. Podemos apostar a que este track llegó casi en estado puro a su etapa final, es una canción que suena viva desde el intro al cierre con el regalo sonoro del chasquido que dejan las manos al retirarse de las cuerdas cerrando la toma.
5.- Peor que mal
El riff del intro al unísono entre la guitarra de Parra y el bajo de Titae es otra muestra de compenetración de la banda, luego de dos décadas alejados, están cerca, en música, presente, y futuro. La letra tiene ese sarcasmo propio de Henríquez que se mueve con soltura rimando con contrastes conceptuales de paisajes y estados emocionales.
Es particularmente claro los arreglos en vueltas de estrofas y coros con la pastilla del puente de la guitarra, y el ataque sobre el final de las cuerdas para lograr ese sonido parecido a campanas tan característico.
Si bien la canción tiene pistas de arreglos adicionales de guitarras con fuzz, y percusión, es absolutamente reconocible el sonido de sala, ese “room” que tanto se busca al grabar como una captura de la esencia de una banda, la reverberación, el tiempo libre del beat. Estamos ante una fotografía sonora que nos permite entrar a ese estudio 2 de Abbey Road mientras todo ocurría.
6.- Perro muerto
El intro de esta canción ratifica lo que ya se anunciaba en el segundo track del disco, una forma distinta e innovadora de interpretar la raíces musicales de esta parte del planeta. Así suena Chile, no hay chance de extravío ni por estilo ni por conceptos, es una canción con denominación de origen.
El bajo octavado al estilo de la música disco de los 70, los golpes al hit hat igualmente en esa línea, hacen que la música popular chilena de bares y chinganas nos suene aún más bailable.
Los arreglos de guitarras y la voz nos sitúan en las formas tradicionales de la música popular chilena, un terreno para bravos, con una historia que exuda el desmadre de quién toma lo que no es suyo con “choreza” y desfachatez.
Aquí Los Tresse desafían y proponen una nueva forma de entender su música, y nuestra música nacional. Solo quien conoce hasta la médula el estilo puede reescribir sus compases.
7.- Vendaval de otoño
Pese al título que sugiere algo tormentoso de entrada el uso de acordes mayores dan una luminosidad especial a esta canción, la onda a ratos nos lleva por sonoridades cercanas al Motown en el intro, y la estrofa transmite una calma serena en medio de algo mayor.
En el coro destacan arpegios que nos gatillan recuerdos sonoros del disco “La sangre en el cuerpo”, quizás reaparecen como una señal para quienes conocen los caminos sonoros de Los Tres, y descubren similitudes en su evolución.
El juego de pregunta - respuesta con la melodía vocal de Henríquez y la guitarra de Parra construyen un entramado sólido pero dulce a la vez con la letra que no deja de ser una historia de “fuego y caos”, una forma distinta de enfrentar la pérdida.
La sección final podría ser perfectamente parte de una pieza de cine mudo, hay una teatralidad en movimiento del bajo de Titae y el soporte de Molina muy sutil para recibir la progresión de acordes de la guitarra que desciende en la escala hasta llegar al final. La perla y el tesoro es la modulación que levanta y deja atrás la oscuridad es la salida perfecta en el último momento.
8.- INRI
El riff inicial es callejero, algo sucio, con el tap echo, y la guitarra de Henríquez tenemos enfrente la clave sonora de Los Stray Cats. La letra es mordaz, una estocada a la materialidad, el sarcasmo para tratar lo sagrado con la mirada de quien sabe que nada es tan santo como se dice. Punto aparte para el concepto de voz de mármol, un guiño poético en medio de un texto que bien podría ser un parte policial.
Aunque esta canción tiene mucho más por revelar en cuánto a su anecdotario de origen. El uso del reverb en las guitarras es un detalle para disfrutar en hi-fi, al igual que la electroacústica que refuerza sutil pero sostenidamente las estrofas.

A la hora de unir segmentos es muy destacable la forma en que el bajo, y batería, abren la espacialidad de los coros. La exploración sonora es interesante en el solo de guitarra con octavador pero ejecutando arreglos estrictos hot rod. Punto aparte es que se mantuvieran las expresiones de júbilo como parte de las pistas vocales en la melodía. No hay duda, es una banda tocando y disfrutando el momento.
9.- Empelota
Esta canción en su letra revela una veta más profunda de Henríquez, paisajes, contrastes, metáforas densas, todo sostenido por acordes punzantes. Es difícil no considerar esta como la composición más visceral del disco. No hay palabras de más, ninguna de menos. Es una forma nueva de tocar fondo pero salir a flote asumiendo contradicciones, idas y vueltas, pero sin arrepentimiento. Cada rima es una cascada de honestidad.
Sonoramente hay detalles muy interesantes como el solo de guitarra con slide, el bajo con uñeta, los golpes de caja ¿Ustedes saben a qué disco y canción nos retraemos? Quizás es injusto ese ejercicio. No es un resabio del pasado, es la médula de Los Tres, de hoy, no de ayer. Un punto alto del disco, una canción ácida y profunda para los fans más estrictos de la banda.
10.- Alma a la deriva
Un rasgueo que nos hace entrar en un espacio emotivo inmediatamente en el intro, un bombo al tempo del latido del corazón, un coro que inevitablemente nos pone en movimiento, una nostalgia que no duele, es como el calor del té frente a un mar embravecido.
Inevitable transportarse a esa calma contemplativa de quién soltó amarras que se siente en cada verso, y avanza libre viendo la salida en cada vuelta de compás de los coros. El bajo marcado bien podría ser cada golpe del remo cortando las olas. Sobrevivir a penas, tormentas, venenos, y llegar a la playa.
Es destacable la fórmula rítmica que eligió Molina, dejar respirar la canción con golpes de caja más espaciados permiten una dinámica llena de oficio. Esta penúltima canción transporta a un espacio de tranquilidad, aunque Henríquez grafique el estado anímico de la composición “matando el tiempo a palos”. Definitivamente, a veces la catarsis puede ser dulce e incluso bailable como un vals añejo.
11.- Que vuele
“En la ceniza escribo tu nombre”...¡Vaya forma de olvidar! Hasta este punto es innegable que las influencias, el propio ADN de Los Tres, es una marca a fuego, registrada, probada, y aceitada que corre como un tren a vapor.
El quiebre de tempo a primera escucha nos hace tararear una vieja canción de fines de los 90, y no como una cita, o una pesquisa de ideas, sino como la validación de un estilo propio ya depurado con madurez. La sangre corrió, y regresó al cuerpo.
Si hay alguien que debía estar explícitamente es “don Robert”, un mentor que estaría orgulloso de sus pupilos.
La pista con una guitarra en reversa al final de la canción es un lujo, no un accidente, hacer lo que hicieron Los Beatles en su momento en Abbey Road para cerrar un disco de regreso, solo confirma que estamos ante la celebración de la música, de la historia de la banda, y su presente.
Estos son Los Tres, hoy.
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