Espectáculos

COLUMNA | Ricardo Martínez: Javier Miranda, un millón para el mejor

El lingüista y académico de la UDP, y también columnista de Ciudadano ADN, rindió tributo a la voz que nos acompañó en radio y televisión durante décadas.

Hubo un momento a fines de los setenta y a lo largo de los ochentas en que la dictadura obligó a los canales de televisión a transmitir una noche cultural. Era los jueves a partir de las 21:30 y las señales televisivas tuvieron que rebuscárselas para dar con segmentos que pudieran caber dentro de la categoría de aquella «Franja Cultural«.

Recuerdo vivamente lo que empezó a hacer el Trece a inicios de esos 1980s, donde pasaban las Historias de la Biblia, un programa gringo que tomaba pequeños segmentos del Antiguo Testamento y los dramatizaba. Yo no me lo perdía y me encantaba cuando aparecía Dios mismo en la forma de unos halos de luz saliendo de entre las nubes diciendo en un tono de voz de bajo barítono, «¡Yo soy Jehová. Josué, clava tu espada en la tierra!» y así.

[dps_related_post ids=»5060592,5060690″]

Sin embargo, quizá el más recordado por nuestra generación Gen-X fue Un Millón para el Mejor. En este programa del canal del angelito un joven Javier Miranda hacía preguntas a un grupo de personas que eran especialistas en diversos temas, cada uno con un tema propio. Partían ocho concursantes y se iban eliminando uno a uno semana a semana hasta que quedaba un solo ganador que se llevaba un millón de pesos para la casa.

El jurado de aquel programa estaba compuesto por Luis Capurro, Jorge Dahm y Alfonso Stephens. Y el auspiciador, además de Compañía General Financiera S.A., era Dos Álamos, una compañía de lácteos que se basaba en ese mito urbano de que los álamos nunca crecen solos y siempre hay dos en el campo juntos, lo que además dio origen a esa canción de Roberto «Viking» Valdés, «Dos Arbolitos».

A fines de 1979 se reveló que Alfonso Stephens le había pasado las respuestas a las preguntas a uno de los concursantes y hubo un pequeño escándalo que acabó para siempre con el programa. En ese programa había participado un también joven Gilberto Sánchez, el profesor clásico de lingüística de la U, que muchos lustros más tarde sería mi profe de Lingüística General, pero perdió al no poder responder -su tema eran las lenguas del mundo- qué idiomas se hablaban en las Filipinas.

Hace cosa de como dos o tres años atrás, revisando en YouTube videos de «Cuéntame cómo pasó», la serie española que inspiró a nuestros «Los 80», observé en el segundo episodio que muestran el programa hispano en el que se inspiró nuestro Un Millón para el Mejor, que, como siempre en aquellos años, era una copia descarada para las cadenas nacionales de algo de afuera -Europa, los Estados Unidos- que casi nadie conocía simplemente porque Chile era una villa en el poto del mundo.

Hoy recordé la fanfarria que iniciaba Un Millón para el Mejor y recordé también que la melodía era del músico del barroco francés Marc-Antoine Charpentier (eso lo aprendí a fines de los ochenta cuando Jota Pé me dio el dato) y lo busqué en YouTube. Y descubrí que esta fanfarria también era un pirateo de la televisión chilena a la europea. La «Fanfarria» era la cortina musical de muchos programas de Eurovisión, en especial la de su famosísimo festival.

Nada, les dejo el tema, que habla de -y musicaliza- un periodo que muchos recordamos con temor y temblor.

Javier Miranda, que provenía, como la gran mayoría de los hosts televisivos tempranos, de la radio -desde la Minería y la Cooperativa, pasando por El Conquistador, la inauguradora del dial FM, y que con cuyo timbre de voz, el de Miranda, se identificó por muchas décadas- sobrevivió a aquel episodio nacional estilo «Quiz Show» y fue el maestro de ceremonias de varios hitos televisivos posteriores.

Partiendo por Martes 13, un estelar que resultaba un símil del music hall británico. Lo mejor del Mundial, que fue un programa estacional que acompañó en el horario prime a las gestas futbolísticas planetarias de México 1986, Italia 1990, Estados Unidos 1994 y finalmente Francia 1998. Y quizá el que es más recordado ya no por la Gen-X, sino que por los millennials, Maravillozoo, amén de su impronta radial-televisiva en Teletrece, donde se le rememora por la manera graciosa con la que presentaba a Carmen Jaureguiberri-i-i.

Figura omnipresente de la TV local que se construía en el Chile imaginado por Eleodoro Rodríguez -y que circulaba en torno a dos o tres hitos recurrentes entre los que se incluían la Teletón, los Campeonatos Mundiales de Fútbol, las coronaciones de Miss Chile o la competencia de la OTI- sus últimos años, en que su figura fue perdiendo presencia y se desvaneció en un fade-out, resultaron un símil de la pérdida de gravitancia de la TV. Aunque su memoria retrotrae siempre a un tiempo en que toda una sociedad tenía a la tele como uno de sus espacios mentales dilectos.