«Ema», de Pablo Larraín: Los otros, los raros
OPINIÓN. Cómo es la cinta chilena que se estrena este jueves 26 de septiembre, protagonizada por Mariana di Girolamo y Gael García Bernal.


Hay cineastas que quieren a sus personajes y se la juegan por ellos hasta el final, defendiéndolos incluso hasta el límite de lo moralmente defendible. Hay otros tibios, e incluso los hay empeñados en lograr que los odiemos, como si no tuviéramos suficientemente odio en el mundo para pagar una entrada y meterse en una sala de cine a hacerlo.
Pablo Larraín, aunque lo aparenta, no es de los últimos. Más bien es un observador que se instala en un rincón a tratar de entender, contando una historia para que el espectador elija de qué lado ponerse. Si es que puede. Así lo ha hecho desde sus primeras películas (las incómodas «Fuga» y «Tony Manero»), y aunque en «No» y «El club» la mirada es más comprometida, siempre hay espacio para una de sus tesis principales: la locura –y acaso su primo hermano, el mal- nunca están lejos, sino a la vuelta de la esquina, en todos nosotros, dispuestas a catalizarse si encuentran terreno fértil para hacerlo.


En «Ema», ese desquicio está encarnado en la figura de su protagonista, una Mariana Di Girolamo que se devora la pantalla. Ema es una bailarina de reggaetón obsesionada con el fuego, enfrentada con su pareja y coreógrafo de su compañía, Gastón (Gael García Bernal) tras un doloroso incidente que partió esa relación, a las mujeres de su familia, y la forzó a devolver al Sename a su pequeño hijo adoptivo. El mismo hecho la acercará -por separado- a una abogada y un bombero que conforman un matrimonio de clase acomodada y aparentemente muy normal (Paola Giannini y Santiago Cabrera).
La familia de Ema, tanto la sanguínea como la que trató de armar, es disfuncional. Un lugar donde nada amenaza con romperse porque siempre estuvo roto. Igual que muchas. Y la salida que encuentra desde su generación, tan hedonista y dañada como lúcida, es refugiarse en sus amigas bailarinas, acaso su verdadera familia, emborracharse y bailar reggaetón hasta el hartazgo (es altamente probable que enemigos del género, de esos que aplaudirán un pueril monólogo anti-moda de Bernal, salgan tarareando ese ritmo a la salida del cine).


Detrás de una historia que es cualquier cosa menos lineal (muchos han criticado su falta de historia, pero qué es una historia sino algo que transforma a alguien), y entre sus múltiples formas de verla, «Ema» funciona como un tratado sobre la diferencia (esos otros, esa gente rara, descreída y media punk, que cada vez es menos rara y se termina inventando nuevas formas de rareza porque por mucho siglo XXI, apertura y reggaetón, igual no encaja), sobre las relaciones humanas y la familia (siempre trizada, nunca un refugio para nada sino más bien una amenaza para desarrollarse uno mismo), sobre las pulsiones humanas que nos vuelven animales (el sexo múltiple y pansexual como torpe forma de buscar conexión emocional, o el baile y los nuevos ritmos urbanos, tan criticados como síntoma de una época que no tiene nada más que darnos) y, sobre todo, sobre esa locura que podría no serlo pero termina dañando a uno y a los que lo rodean desde el momento en que se establece como respuesta a toda esa incapacidad de conectar.
Como si fuera poco, en «Ema» Valparaíso luce más cinematográfico y, a la vez, menos de postal romántica y vacía, que nunca. Es sucio cuando tiene que serlo, suena a reggaetón porque los boleros y valses peruanos no tienen nada que ver con esta época, y es bello cuando nos recuerda que las ciudades las creamos nosotros y no ellas a nosotros. Larraín y su director de fotografía, Sergio Armstrong, rara vez descuidan la estética por sobre la narrativa, y aunque a ratos pareciera que se quedan en lo cosmético, es el espectador el llamado a completar la operación.


Cuando otras películas, como la blanda «Araña», dividen el mundo entre buenos y malos sin realmente hurgar en lo que le pasa a sus personajes, «Ema» (que se quedó fuera de los Oscar, y pese a su reggaetón insaciable y su hermosa estética, ni siquiera es seguro que tenga un buen paso por la taquilla) se fuerza a ir descifrando a medida que avanza su metraje, obligando a salir del cine pensando en qué hacemos bien y qué hacemos mal.
Puede disgustar e impresionar en partes iguales, y es parte de su mérito. Todo lo que se supone que tiene que hacer el cine para no ser una entretención pasatista. La falta de una lección clara puede espantar al espectador más conservador, pero es parte de lo necesario para explicar un mundo donde estamos solos, decaídos y desarmados –esos «otros», los raros, y también todo el resto, en cualquier vereda que nos toque estar- y donde la posibilidad de prenderle fuego a algo está a la vuelta de la esquina cuando nadie nos entregó un poco de amor.
«Ema»
Estreno, 26 de septiembre.




