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Actriz de la Casa de Vidrio reaparece tras 26 años y revela el trauma oculto tras la famosa intervención: “Me sentí...”

Daniela Tobar entregó un crudo testimonio sobre su vulneración en la popular esquina capitalina.

CRIS BOURONCLE

A principios del año 2000, una intervención artística se robó la atención de los capitalinos: la Casa de Vidrio.

La instalación estuvo ubicada en pleno centro de Santiago, específicamente en la esquina de las calles Moneda y Bandera. Allí vivió una joven actriz a la vista de los transeúntes: Daniela Tobar.

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A 26 años de este hito y en conversación con Informe Especial, la actriz, que actualmente se encuentra radicada en Francia, contó cómo vivió su experiencia en esta performance.

Según relató Tobar, aceptó formar parte de la propuesta artística, que consistía en desarrollar su rutina diaria en un espacio completamente expuesto al público. Sin embargo, aclaró que nunca había autorizado la publicación de imágenes de su cuerpo desnudo.

“Me sentí pasada a llevar, sentí que mi privacidad, sentí que, aunque yo había escogido, decidido participar en un proyecto de exposición, nunca di el consentimiento para que mi imagen desnuda apareciera en las portadas ni en los medios de comunicación, matinal, en vivo y en directo”, relató.

“Yo creo que por ahí pasó mi rechazo hacia los medios de comunicación. En ese momento fue rabia, fue mucha frustración. Hay un trauma ahí que se genera en mí, porque fue algo chocante, muy fuerte”, señaló Tobar.

“¿Por qué mi presencia generó tal cantidad de expectación?”

Durante su relato, Daniela Tobar cuestionó el interés que generó su presencia en comparación con la de su compañero, Víctor Hugo. Según planteó, esta diferencia en las reacciones estuvo relacionada, en parte, con una mirada cultural que históricamente ha situado a las mujeres como objetos de deseo.

“¿Por qué mi presencia generó tal cantidad de expectación, de movimiento, y no así la presencia de Víctor Hugo? Tiene que ver mucho con el género, porque es la mujer la que se ha hecho históricamente, culturalmente, el objeto de deseo”, planteó.

“Yo consentí a estar en un proyecto artístico donde tenía que vivir normalmente mi vida, pero no consentí nada más que eso, no consentí las publicaciones, no consentí tampoco el hecho de que alguien pudiera tocarme”, afirmó.

A partir de esta experiencia, la actriz puso el foco en los límites del consentimiento y en la importancia de resguardar la intimidad de las personas. Su testimonio reabre el debate sobre la exposición pública y la responsabilidad de los medios de comunicación, al recordar que participar en una intervención artística no implica renunciar al derecho a la privacidad ni autorizar el uso de la propia imagen sin consentimiento.