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“Una casa es un nido y un aeropuerto: un lugar cálido desde donde sales al mundo”, dice Mario Irarrázabal

El escultor nacional conversó en “No es una casa” sobre la íntima relación entre la arquitectura doméstica, los contrastes de la desigualdad social y las vivencias que transformaron sus piezas de arte en un reflejo del sufrimiento y la belleza humana.

En un nuevo episodio de No es una casa, el reconocido escultor nacional Mario Irarrázabal repasó los hitos de su trayectoria: su infancia en una casona familiar del centro de Santiago, las secuelas de la poliomielitis a los 10 años, y su posterior paso por Roma y Berlín en un periodo de alta agitación política.

Sin contar con una formación académica tradicional en bellas artes, el Premio Nacional recordó cómo el contacto con la vulnerabilidad social en Chile transformó su visión del arte, orientándolo hacia un trabajo con contenido social y comunitario.

Durante la entrevista, el escultor analizó las distintas etapas de su vida a través de los lugares que habitó. Rememoró la casona de su abuelo en la zona de Plaza de Armas —donde convivió con 35 primos en un espacio con patios, hortalizas y caballerizas— y la residencia familiar que habitó más adelante en Providencia.

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Fue en ese contexto donde comenzó su vínculo con la disciplina tras enfermar en la niñez. “A los 10 años me dio poliomielitis en ambas piernas. Mis padres me mimaban por las dificultades que tenía. Me regalaban pinturas, maderas y herramientas para tallar”, relató el artista, añadiendo que a los 15 años comenzó a tallar madera de forma más constante.

Asimismo, relató cómo la participación en voluntariados escolares lo enfrentó a las carencias del país, una vivencia que derivó en una profunda toma de conciencia. “Empiezo a tomar conciencia de la realidad país cuando en el colegio nos mandaban a construir casas en poblaciones. El golpe fue muy fuerte, ir a construir una mediagua y tratar con la señora. Queda implantada la pregunta por nuestro querido país, tú dices pucha, qué país tan curioso con estos contrastes”, señaló.

La guerra fría y la primavera de Praga

Su itinerario continuó en el extranjero, donde fue testigo de las marchas por la integración racial en Estados Unidos y posteriormente ingresó al seminario jesuita para estudiar teología en la Universidad Gregoriana de Roma en pleno Concilio Vaticano II. Más tarde residió en Alemania Occidental y presenció las tensiones de la Guerra Fría y la Primavera de Praga. Respecto al impacto de este entorno en su equilibrio personal, el escultor afirmó: “Para no volverme loco, yo pintaba todas las noches manchas de color”.

A su regreso a Chile, Irarrázabal optó por instalarse en una toma en Peñalolén, en la población El Congreso, declinando radicarse en el sector oriente de la capital.

Sobre la precariedad y el entorno de aquel lugar, el artista recordó: “Ahí era todo bien precario, pero tenía una vista espectacular. Yo decía pucha, uno puede vivir en un lugar pobre, pero tiene derecho a gozar de la belleza de nuestro país”. La vida comunitaria y las historias del sector terminaron por consolidar las temáticas de su obra, caracterizada por figuras humanas y problemáticas de alto contenido social.

“El humor nos salva”

Al abordar el significado y la simbología de la vivienda, el escultor fue enfático en señalar que el espacio privado no debe concebirse únicamente como una trinchera o un espacio de aislamiento.

En esa línea, Irarrázabal sostuvo que una casa es “obviamente como un nido y como un aeropuerto, un lugar cálido desde donde tú sales. No me gusta pensar en la casa solo como un refugio. Uno le dio mucho cariño a hijos y nietos, pero para que tengan ese cariño afuera”.

Finalmente, el artista concluyó la conversación destacando la importancia de la convivencia y el sentido del humor frente a los cambios sociales y tecnológicos. “El humor nos salva y nos hace humanos, nos ayuda a encontrarnos con nosotros”, afirmó.