El hombre que no deja ir la pandemia: la historia del “guardián” con mascarilla y traje blanco que limpia los pasamanos del Metro
Mientras el mundo puso fin a la alerta por el covid-19, Rodrigo Román (65) sigue recorriendo los vagones con la idea de sanitizar el transporte público y ganarse la vida tras el robo de su taxi.


Un hombre vestido con un traje sanitario blanco recorre las Líneas 1 y 4 del Metro de Santiago. Su silueta es un recordatorio andante; nos devuelve de golpe a una época que la mayoría ha elegido olvidar, aquellos días en que el olor a alcohol gel, la incomodidad de la mascarilla y el temor constante al contagio dictaban nuestra cotidianidad.
Rodrigo Román tiene 65 años, vive en una toma de Casas Viejas, en Puente Alto, y su oficio desde el año 2020 consiste en recorrer las 44 estaciones y los 45 kilómetros que separan la Plaza de Puente Alto de San Pablo. Armado con un paño empapado en alcohol, se dedica a limpiar los pasamanos de los carros, pidiendo a cambio una cooperación voluntaria por lo que él mismo define, con orgullo, como una “vocación”.
Mientras avanza por los pasillos metálicos de los vagones en movimiento, Rodrigo busca miradas. Observa a la gente, les sonríe detrás del escudo de su traje y les hace algún comentario simpático para romper la tensión del viaje diario. Confiesa con emoción: “Amo esto, yo gozo esto, la gente, el público que me abraza, que me da cariño. Antes vivía bien, pero mi vida ahora creo que ha sido mejor que antes, en el aspecto de las personas, porque eso es más rico a veces que la lucas”.
“La gente me aplaude, me abrazan. Yo pienso que es por lo que hago. Tienes que tener carisma y tienes que tener convicción”, nos cuenta mientras se baja por un segundo la mascarilla para revelar el rostro detrás del traje blanco. “Mucha gente me dice: ‘gracias porque usted nos viene a cuidar, usted nos cuida a nosotros’. ¿Por qué hacer esto? Yo lo hago, y lo hago bien, y mi Padre Celestial me alumbró para que haga eso”.

Una desgracia disfrazada
Sin embargo, este singular oficio comenzó, como tantas vueltas del destino que cambian una vida, en respuesta a una desgracia familiar. A Rodrigo le robaron su taxi mientras compraba en un supermercado de Puente Alto.
Manejar por las calles de Santiago fue su sustento ininterrumpido durante 35 años; de pronto, se quedó de brazos cruzados, sin su herramienta de trabajo. En un contexto que no tiene el lujo del tiempo, el desconcierto debía durar poco: “Le dije a mi señora: ‘vieja, ¿qué vamos a hacer?” tú te vas a la casa y yo voy a ir a una feria a comprar un buzo”.
Con ese traje improvisado, se subió al Metro sin sospechar lo que le deparaba el primer andén: “Ese mismo día me dieron 100.000 pesos”, recuerda, como si aquello hubiese sido la bendición de bienvenida a su nueva vida.
Del miedo a la verguenza al orgullo del agradecimiento
Rodrigo tiene cinco hijos entre propios y de su pareja, aunque rápidamente se apresura a aclarar que “a todos los he criado yo”, borrando de su vocabulario cualquier término de distancia familiar. Reconoce que la reacción de ellos fue su principal conflicto interno al principio: “Puta, me van a ver en esta y son todos profesionales”, pensó con vergüenza. “Pero después cuando vi que la gente, la actitud de ellos, era otra, que me agradecen, y ¿no me van a agradecer mis hijos?”.
Esa red de apoyo en su hogar ha sido fundamental para sostenerlo frente a la hostilidad de la ciudad. “Tengo nietos que me aman muchísimo. Ellos me apoyan. Pues mira, lo más importante es que a mí no me dañó, que mi esposa no me ha dañado con esto, porque hay gente que te humilla. Bueno, a mí muy poquita veces, pero mira, me han salido... yo creo que de mis 7 años, yo creo que una pura vez alguien me dijo algo feo, pero los demás nunca jamás”.


“En este momento la pandemia está”
En Chile, la alerta sanitaria por el COVID-19 terminó oficialmente el 31 de agosto de 2023, pero para Rodrigo Román la amenaza y la necesidad de cuidado siguen vigentes en los vagones congestionados. “No entiendo cómo sanidad no se ha preocupado de que los carros tengan por último líquido para limpiarse las manos o mascarilla en las tardes cuando es la hora peligrosa. [...] En este momento la pandemia está, pero ¿qué es lo que pasa? Están todos vacunados, pero si la vacuna deja de actuar, va a llegar nuevamente, va a seguir y van a venir más virus, van a llegar más virus".
Cuando se levantó el confinamiento y las personas retornaron de a poco al espacio público, Rodrigo no era el único que se ganaba la vida desinfectando los carros, pero sí fue el único que resistió al paso del tiempo. Explica que su fórmula de persistencia es muy simple: “los ojos azules, el carisma y tener una edad (...) Dios me dio el don de andar con buena vibra, y eso me lleva a muchas partes”.
Hoy, a sus 65 años, Rodrigo goza de un tesoro que pocos trabajadores en Santiago poseen: una libertad absoluta. “Trabajo lo que yo quiero. Si quiero, me voy a la hora que quiero. Nadie me manda, aparte de mi señora, pero de eso nadie se salva” . Y aunque admite que hoy en día sus ingresos diarios son apenas un 30% de lo que recaudaba en los momentos más álgidos de la crisis sanitaria, camina en paz de regreso a su hogar en Casas Viejas: “no debemos nada. Entonces todas las moneditas que me dan aquí me sirven para comida. Para mí es harta plata”.
Su viaje subterráneo parece no tener estación de término: “yo quiero seguir aquí hasta que me muera…”
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Mario Vergara
Editor general del área digital de Radio ADN. Enfocado en cobertura política y contingencia internacional....




