37 crucifixiones de fe, clavos y madera: El ritual extremo de Rubén Enaje en Viernes Santo
La aldea de Cutud se transformó una vez más en el escenario de una de las manifestaciones religiosas más polémicas del catolicismo popular: la crucifixión real de devotos.

El ritual extremo de Rubén Enaje en Viernes Santo
El sonido del martillo golpeando el metal volvió a resonar con una crudeza que pocos lugares en el mundo se atreven a imitar.
Bajo el sofocante sol de Viernes Santo, la aldea de Cutud se transformó una vez más en el escenario de una de las manifestaciones religiosas más polémicas y visualmente impactantes del catolicismo popular: la crucifixión real de devotos.
El protagonista indiscutible de esta jornada fue, nuevamente, Rubén Enaje. A sus 65 años, este hombre carga sobre su cuerpo una historia de dolor que desafía la lógica médica y el paso del tiempo. Con la edición de este año, Enaje suma un total de 37 crucifixiones desde que inició su manda en 1986.
Su compromiso con esta tradición solo se vio interrumpido entre 2020 y 2022, años en los que las restricciones sanitarias por la pandemia de COVID-19 obligaron a un silencio inusual en las colinas de Cutud.
Un camino de sangre y realismo
La recreación no escatima en detalles dolorosos. Antes de llegar al “Gólgota” filipino, Enaje recorrió varios kilómetros cargando una pesada cruz de madera sobre sus hombros. Durante el trayecto, fue sometido a azotes y golpes por otros intérpretes vestidos de centuriones romanos, ante la mirada atónita de miles de turistas y feligreses que se agolpan año tras año para presenciar el evento.
El clímax de la ceremonia llegó con el uso de clavos de 5 centímetros, desinfectados pero letales, que atravesaron literalmente las palmas de sus manos y sus pies para fijarlo a la madera.
“Es una forma de agradecimiento y una petición por la salud de mi familia y el mundo”, ha reiterado el devoto en ocasiones anteriores para justificar un acto que la Iglesia Católica oficial no respalda, pero que la tradición local ha convertido en un pilar cultural.
El contraste en la colina
Mientras Enaje permanecía clavado, otros dos devotos lo acompañaron en el papel de los ladrones que murieron junto a Jesús. Sin embargo, para ellos la interpretación fue menos extrema: a diferencia de Rubén, estos fueron únicamente amarrados con cuerdas a sus respectivas cruces, marcando una jerarquía de sacrificio que sitúa a Enaje como el máximo exponente de esta fe radical.
Al finalizar el acto, los voluntarios son bajados de las cruces y atendidos por equipos médicos, cerrando un capítulo más de una tradición que nació en la década de los 60 y que, lejos de desaparecer, parece ganar fuerza como un imán para el turismo religioso global.
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