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OPINIÓN | Caminando a la dignidad

La literatura tuvo palabras para narrar un momento que pareciera avecinarse. Por Álvaro Peralta Artigas.

Agencia Uno
Por Rocío Novoa V.
Martes 04 de May, 2021 - 11:59
Actualizada el Martes 04 de May, 2021 - 13:17
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La realidad de Chile, desde donde se le mire, es la de un país con rostros y semblantes múltiples: algunos de ojos alambicados,  oteando el miedo. Otros, en el espacio público abierto, con sus miradas exhaustas, de desconfianza. Escasean los ojos alegres y abundan las miradas cabizbajas. 

Vivimos tiempos que apuntan hacia semblantes negativos y es momento de no tomarlos en cuenta. Estamos viviendo el renacer de otras formas de ver, dejando atrás ese mirar desconfiado y chato que tan mal le hace al alma. 

Son nuevas miradas, de un nuevo despertar. De millones que van anunciando que ahí vienen, que no claudican, que pueden haber sido cien mil veces tristes y abatidas, pero que ahora vuelven a poblar las calles con sus sueños.  

Vuelven por el cuerpo de la patria, no solos. Vienen, como hermanos que son, unos con otros, contagiados de fe, sin otra algarabía que ese encuentro de dignidad y solidaridad. Ahí van quienes darán vida a la nueva Constitución y quienes sean elegidos en las elecciones que se vienen.

Van con sus miradas de amor y sin odio. Con justicia y sin venganza. Con ese espíritu del que hablaba Gabriela Mistral cuando decía “¡Tan feliz que hace la marcha! ¡Me ataranta lo que veo, lo que miro o adivino lo que busco y lo que encuentro”.

Son las que heredamos de nuestros antecesores, de nuestras raíces, que han volado y sobrevolado el territorio y que, si nos han llegado, es para estar en nosotros, al igual que esa geografía que va y viene, como lo revela Raúl Zurita en “El Desierto de Atacama”, cuando dice que ese pedazo de tierra “sobrevoló infinidad de desiertos para estar allí”.

El despertar está en las chilenas y chilenos. Esa era la visión de otro grande de nuestra literatura, Mariano Latorre, cuando en su novela Zurzulita dice: “El campo despertaba en él al hombre, y el solo hecho de sentirse vivir lo hacía feliz”. Era una felicidad activa, de pertenencia. Una digna sí, no de explotación o de abuso.  

La tarea no es fácil. Nuestro pasado histórico no siempre sale bien parado a la hora de escudriñar en la dignidad. Refiriéndose a Chile, Joaquín Edwards Bello, en Crónicas Reunidas, decía que “se trata de una nación semieuropea que no alcanza a digerir al indio, o viceversa”. Esa lucha en un país mestizo debe terminar. 

Para aspirar a la dignidad debemos expulsar el racismo y a nuestros pueblos originarios, junto con reparar las heridas que sufrieron en el pasado y ver que sus identidades fluyan por el cuerpo de Chile, como sangre de Chile.

La tarea es grande, pero para eso tenemos esa idiosincrasia del roto, esa “astucia genial” que en él vive, como bien lo personificaba Andrés Sabella. Astucia y genialidad que se necesita para hacer a Chile ese gran Chile en el que quepan todos sus hijos en justicia y dignidad. 

Y agregaba el poeta nortino: “Al ánimo, alerta la inteligencia del zorro”. El roto es el pueblo chileno. Maravilloso y creativo, trabajador, andariego en el espíritu y la aventura. “Paté perro anda por el mundo ansiosamente, como si todas las rutas fuesen sustancia de su vida”.

Como decía Pablo Neruda en su Poema Las Manos del Día “entre morir y renacer no hay tanto espacio ni es tan dura la frontera. Es redonda la luz como un anillo, y nos movemos en su movimiento”.


El Sur también existe, por Álvaro Peralta Artigas: : Abogado y escritor. Magister en Derecho Universidad de Chile. Autor, entre otros libros: “Duro de Matar. Diálogos con Camilo Escalona”; “Entre Fuego Cruzado. Diálogos con Andrés Allamand”; “Hombre de Estado. Diálogos con J. Miguel Insulza” y “El Sueño Existe. Diálogos con Guillermo Teillier”.

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