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Pauta B


Tolkien: La imaginación viene después

La biopic del creador de El Señor de los Anillos cumple, aunque tal vez decepcione a los fans duros del creador de la Tierra Media.

Tolkien: La imaginación viene después

Tolkien.

Con una estética muy británica y empeñada en retratar la dureza de la vida de principios del siglo XX, en concordancia con la infancia y juventud del célebre escritor, Tolkien sigue el molde más convencional de las biopics: datos exactos, atmósfera de época y actuaciones muy circunspectas, aun a riesgo de dejar poco espacio para la emoción.

Y para qué hablar de la fantasía: ahí donde en sus clásicas novelas como El Señor de los Anillos, El hobbit o El Silmarilion hay magia, épica y creatividad, acá hay formalismo, dureza y pesimismo, quizás como una forma de mantenerse fiel a la biografía del autor, pero produciendo un curioso contrapunto. Más allá de un afán por mostrar bosques y por delinear su paso por la Primera Guerra Mundial como telón de fondo e inspiración para sus futuras obras, Tolkien, siendo una biopic bien filmada, narrada y actuada, es lo menos Tolkien que un fan duro podría esperar.


 

En la cinta, con mucho drama y mediante saltos temporales, vamos conociendo las primeras décadas de vida de un joven J.R.R. Tolkien (de niño Harry Gilby, y de joven Nicholas Hoult, Bestia de X-Men y recordado por About a boy), entre medio de su participación en la guerra. John Ronald pasa de ser un niño feliz que juega en los bosques de su zona rural natal, a un huérfano que vive en la pobreza y es educado por un sacerdote de Birmingham, donde se comienza a develar como un chico talentoso, interesado en la poesía y en los mundos fantásticos que la literatura es capaz de ofrecer.

Es en ese momento, y al entrar a un estricto y victoriano colegio, conoce a tres amigos con los que conforma una especie de sociedad secreta de chicos que sueñan con cambiar al mundo a través del arte. Y aparecerá en su vida la también huérfana Edith (Lily Collins, hija de Phil), la soñadora y sensible adolescente que se transformará, ya lo sabemos, en el amor de su vida, en un proceso que, pese a la admiración que ella sentirá por él, no estará exento de dificultades e incomprensiones mutuas y externas.

 


 

Hasta ahí tenemos una biografía formal y rigurosa, con la ambientación y los vestidos propios de su época, aunque con cierta estética de película para tías que a ratos desconcierta. Si la misión era mostrar, de forma casi documental, la biografía de Tolkien y la hostil época en que le tocó nacer, la película cumple. Si era llevar a la pantalla el mundo de fantasías épicas que vivía en su cabeza, la cinta toma la opción de poner en escena todo el tiempo a un personaje obsesionado con el ejercicio creativo de montar una obra y de crear un mundo, aunque cayendo en la mezquindad a la hora de mostrar cuál es ese mundo, quizás confiando en que ya todo el planeta sabe quién es Tolkien y qué hizo, y descansando en una que otra alegoría a las llamas de guerra convertidas en dragones lanzafuegos.

Para quienes quieran descubrir algo más que eso, quizás no haya mucho. Para los fans del universo tolkeniano, no hay casi nada. Pero para quienes tienen por debilidad las películas de escritores, Tolkien es una biografía actuada que permite descubrir cómo un chico con todo en contra se transforma, a punta de determinación y fidelidad en sus propias obsesiones, en un futuro intelectual y grande de la literatura. Y para quienes aman las biopics con moral Hallmark, el plato está servido.

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