Escucha ahora

Ciudadano ADN


Final de "Pacto de Sangre": Una tragedia chilena moderna

La historia cerró fiel a su espíritu crudo y transgresor de los límites de su propio género, sin descuidar la coherencia propia del drama televisivo.

Final de 'Pacto de Sangre': Una tragedia chilena moderna

Final de Pacto de Sangre. Foto:

Partió como una teleserie nocturna más, pero agarró vuelo y con el pasar de los capítulos se convirtió en un fenómeno de culto que, más allá de los avatares del rating, capturó la conversación y dio señas de que un género televisivo supuestamente agotado - el de la teleserie chilena, ahora majaderamente travestido en "súper serie"- sigue más vivo que nunca.

Ya lo habían dicho sus creadores y elenco a modo de amenaza: Pacto de Sangre se parece al Chile de hoy. Y en el Chile de hoy la justicia es incompleta. Por eso, ya resuelto el castigo de la cárcel para Marco (Néstor Cantillana) y Raimundo (Pablo Cerda), y en un hábil retorno al lugar del crimen, su último capítulo terminó en torno a la piscina de la casa de Zapallar, escenario de la funesta despedida de soltero inicial.

Benjamín (Álvaro Espinoza) aparece después de enterarse, a través de la pequeña pero nada decorativa Clarita, de que Trinidad (Ignacia Baeza) está escapando de él. Con un enfrentamiento casi teatral entre el matrimonio, el gran villano, acorralado y dueño de su verdad hasta el final, asegura que todo lo hizo por desesperación y por cuidar a su familia.

La tensión aumenta al descubrir que Nacho (Rodrigo Walker) está escuchando la conversación, y es él quien, luego de un duro cara a cara, da por terminada una escena inusualmente larga –con un tono trágico que recordó a lo mejor del melodrama clásico- con la estocada mortal que hace caer al "señor Rojo" sobre la piscina, tal como a Daniela Solís, su primera víctima y objeto de deseo del verdugo-justiciero.

Y es ahí cuando Trini, ya deshecha del problema que significaba su marido, se revela como la gran villana de la historia, dispuesta a todo por limpiar su nombre y el de su hijo. Le propone a Nacho ocultar el crimen –y el cuerpo- y seguir con sus vidas.

El plan termina con una compungida Trini asegurando por televisión que desconoce el paradero del desaparecido Benjamín y luego descansando con vista al mar, un Nacho saliendo de la casa de veraneo a divertirse con amigos – con un pretencioso y "memeable" zoom a sus lentes de sol, quizás, lo más extraño y desentonante del capítulo- y una pequeña Clarita, alejada de toda densidad adulta, regando las plantas aledañas a la piscina donde, entendemos, está enterrado el cuerpo de Benjamín. Un zoom al interior del agua en cuyo fondo aún permanece el zapato de Daniela, y el fin.

Un fin que también incluyó a un Feliciano (Álvaro Gómez) no solo reintegrado a la policía sino que ascendido, y una Maite (Blanca Lewin) lanzando su libro sobre el caso policial que circundó toda la teleserie e incluyendo una muy junguiana reflexión sobre las sombras y cómo nos construyen inseparablemente de nuestro lado más luminoso.

Extraña forma de justicia la de este último capítulo, en la que el hijo se vuelve héroe y verdugo al terminar con su padre, desplazando el eje del mal hacia la madre. Aunque sin historia de amor de por medio, (o acaso la gran historia de amor de esta teleserie, innegablemente una teleserie, fue siempre la de Daniela y Nacho), ¿no es esa acaso la esencia de los melodramas televisados?

Pacto de Sangre, admitámoslo, arrancó con personajes de molde y estructura -amigotes ABC1 carreteando y sus mujeres llorando en la casa y peleando por quién era más joven y bonita- que, gracias a la valentía de un equipo que, pareciera, se fue sacudiendo los miedos al mismo tiempo que sus personajes, dio forma a un ejercicio de televisión intenso, innovador y que, además, no dejó de enfrentarse a la tradición de la teleserie, experimentando con otras narrativas y sintonizando con generaciones de espectadores que, como nunca antes, demostraron que cambiaron y que están listos para más.

X