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"Dolor y Gloria" de Pedro Almodóvar: El pasado siempre vuelve

El director manchego se arriesga como pocas veces antes en su carrera, con un filme abiertamente autobiográfico.

'Dolor y Gloria' de Pedro Almodóvar: El pasado siempre vuelve

Dolor y Gloria. Foto:

No hace falta ser fanático de Pedro Almodóvar y de su cine plagado de rocambolescas estridencias (al menos en su etapa de mayor gloria) para caer en el influjo de "Dolor y Gloria", una película tan solemne como honesta, tan bien lograda desde el guión como acompañada por su elenco, tan llena de meta-referencias y chistes internos como la indisimulada autobiografía que es.

La pregunta es, ¿qué se puede hacer cuando tienes 69 años, ya lograste pasar al olimpo de tu oficio y transformaste tu apellido –a tu pesar, quizás- en un subgénero cinematográfico? Pues, mirar para atrás. Y enseñarle a algún millennial despistado que el pasado siempre vuelve, que los aprendizajes de nuestros primeros años de vida nos determinan para siempre, que los amores truncos por muy truncos no dejan de ser amores, y que nada, ni los logros profesionales más formidables, tiene un lugar fijo que nos haga sentir seguros.

Porque en "Dolor y Gloria", Antonio Banderas (el actor almodovariano por excelencia, en una interpretación que le dio el premio a Mejor Actor en Cannes) es Salvador Mallo, un cineasta de gran éxito en los 80 y convertido en una especie de animita, asfixiado de sí mismo y de los demás, como en esa primera escena bajo el agua de una piscina, canonizado por el establishment pero físicamente enclenque, lleno de achaques e incapaz de terminar uno de esos nuevos proyectos que tiene escritos a medias en su Mac.


 

Es justamente la desorientación de su ocaso la que lo lleva tanto a buscar a Alberto, su ex actor fetiche (Asier Etxeandia, conocido por la serie "Velvet"), con quien estaba peleado desde el estreno de su filme más exitoso para ofrecerle un lugar en una retrospectiva de su cine (una clara referencia al distanciamiento que Almodóvar tuvo con la actriz Carmen Maura), como una manera de retomar el camino perdido, como a refugiarse en sus recuerdos (que vemos a través de una muy netflixiana sucesión de saltos temporales) de una infancia llena de carencias, sueños, maneras de niño prodigio, curas represores, despertares eróticos y la tan imprescindible como asfixiante imagen materna (Penélope Cruz, primero, y luego la veterana actriz Julieta Serrano).

Y son estos recuerdos los que, tras una seguidilla de eventos que siempre responden al empuje de Salvador y de quienes lo rodean por salir adelante -donde más fuerte que él parece ser Mercedes (Nora Navas), su mejor amiga y sostén emocional que acaba de divorciarse porque decidió que "ya no podía seguir autoengañándose"-, llevan al protagonista a recibir como un boomerang lo mejor y lo peor de su pasado, proceso en el que será clave el monólogo sobre él mismo que Alberto tendrá la responsabilidad de interpretar, y ya en la mitad de la película, la reaparición de Federico (Leonardo Sbaraglia), su amor de juventud, hoy convertido en una persona prácticamente distinta.


 

"Dolor y Gloria" es una película sobre cómo mirar al futuro cuando aparentemente ya no hay futuro, sobre la sospecha de que los afectos, los con nombre y apellido y los etéreos, como el cine, o la mismísima capacidad de crear y transformar el mundo en algo más parecido a lo que hay en tu cabeza, pueden salvarnos cuando ni la medicina ni las drogas ni los departamentos de diseño parecen ser capaces de hacerlo por mucho tiempo más.

También es, y con todo lo cliché que puede sonar, un ajuste de cuentas de Almodóvar con su propio pasado, desde los metachistes con su propia biografía -al extremo de un "no me gusta la autoficción" que la madre del protagonista ya anciana le lanza- hasta una aparente revisión de sus propios códigos -como Salvador haciéndole coach a Alberto diciéndole que "el mejor actor no es el que sabe llorar sino el que sabe contener las lágrimas"-. Y es curioso cómo el Almodóvar que se contiene –aunque, realmente, y quizás ahí esté la gracia, nunca se está conteniendo del todo, sólo está disimulando- termina diciendo más sobre la vida, la muerte, el amor y la creación, que el más zafado y más kitsch.
 

Dolor y Gloria
Estreno, 20 de junio.

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