País Barrabrava: conoce un adelanto del nuevo libro de Juan Cristóbal Guarello

El ensayo del "Tenor" sobre este fenómeno, dentro y fuera de las canchas, ya puedes encontrarlo en las librerías y como eBook.

País Barrabrava

ADN y Penguin Random House presentan un nuevo adelanto de País Barrabrava, el nuevo libro del Tenor Juan Cristóbal Guarello, que explora este fenómeno que ha crecido y se ha desarrollado no solo dentro de la cancha, sino que en distintos aspectos del quehacer nacional, convirtiéndose en una variable de seguridad pública, un elemento sociológico y una forma de comportamiento.

Puedes encontrarlo en librerías y, como eBook, aquí.

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El 17 de febrero de 2020, minutos más tarde de que el partido entre Colo Colo y Universidad Católica en el Estadio Monumental fuera suspendido luego de que un grupo —menos de quince personas— lanzara bengalas en contra de los jugadores —e hiriera a Nicolás Blandi— no muy lejos de ahí, en el Estadio Bicentenario de La Florida, una horda de punkies versión 3.0 invadía el escenario en pleno concierto y lograba que la banda española La Polla Récords saliera despavorida del escenario con apenas cuarenta minutos de actuación. Ambos hechos, aparentemente inconexos, no eran sino la reafirmación de una tendencia que desde el 18 de octubre se hizo inocultable: en algún momento en nuestra historia, tal vez gatillado por la irrupción de la pasta base en los ochenta, el vacío espiritual del neoliberalismo o la mercantilización de la educación con una buena dosis de nacionalismo canalla, en la que el himno se grita y no se canta, pasamos de ser un pueblo razonable y de buenos modales dentro de lo posible, aunque algo «apequenado», taciturno y disfuncional —Raúl Ruiz da buena cuenta de ello—, a un lote de patoteros autoafirmativos y ventajeros, violentos de una manera farsesca, sin capacidad de reflexión ni autocrítica, pero siempre dispuestos a sentir lástima por nosotros mismos, a ubicarnos en el centro del universo y, por lo tanto, a ser concebidos como seres especiales, pueblo elegido y digno de admiración. Algo que ya había visto, aunque acentuado con el tiempo, hace más de treinta años en el estadio: la cultura barrabrava.

No pretendo hacer sociología barata —hay quienes la hacen mejor y más barata que yo—, solo hablo desde mi hábitat natural de hace cuarenta y cinco años: el tablón primero y la caseta más tarde. Vi nacer, explotar, asentarse y hacer metástasis hasta convertirse en una enfermedad sin cura a las barrasbravas. Vi primero la reacción perpleja, luego el rechazo sin convicción, la simpatía por cansancio o perseverancia y al final la «normalización» del fenómeno por el resto de la sociedad. Luego cómo estas conductas la fueron permeando, de manera vertical y transversal, contagiando sus tristes y violentas prácticas.

Quiero delimitar bien lo que entiendo por barrabrava. Porque hay una parte folclórica y pintoresca, incluso rescatable desde el prisma de la cultura urbana, con sus cantos y su iconografía, sus ritos y bailes. Pero existe una parte más oscura y estructural: aquella vinculada al poder y el negocio, con la violencia y el chantaje como monedas de cambio, que producen sus núcleos duros. Lo visible es lo primero: cantos, banderas, lienzos, fuegos artificiales, un inveterado bombo (o varios); lo segundo se maneja con sigilo y silencio, y sus cómplices mantienen la mirada baja, hablan entre dientes y nunca admiten su existencia. Es el contraste entre la barrabrava masiva, la que salta en el tablón porque es «un sentimiento que no puede parar», y los que realmente mandan al interior del grupo: los que se ponen al centro de la galería, o no se ponen según convenga bajar el perfil, negocian con los dirigentes, chantajean a los jugadores y se transforman en un poder paralelo, que se fortalece o debilita pero nunca desaparece y, más aún, siempre está atento para mutar o aprovechar el contexto político y social (como la insólita validación a partir del estallido, «levantamiento» dice una amiga, de octubre de 2019).

Alguna vez pude extraviarme en el análisis por lo mismo que muchos se extravían: la cáscara, ese coreográfico rito de cada fin de semana, en especial cuando son miles los que se suman a la danza, ofrecía una embriagadora oferta sensorial. Luego, con veinticinco años, el «barrabravólogo» argentino, hoy retirado, Amílcar Romero, me pasó algunos textos y me explicó de qué iba la cosa realmente. No sentenció nada y solo hizo una predicción —estamos hablando de 1994— que el tiempo se ha encargado de comprobar sin grietas.

Este texto es apenas una mirada personal, con el aval de miles de horas de vuelo en el estadio. A esta altura creo que puedo desmentir todas las imposturas, las estetización de la violencia y las visiones románticas, buenistas sobre todo, que las barrabravas provocan en ciertos estudiosos e individuos ajenos al ambiente. También me siento con la capacidad de establecer nexos conductuales, réplicas fuera de la cancha, de cosas que uno ha venido viendo en los estadios todo este tiempo. Hoy parece que cada segmento de la sociedad, desde los empingorotados de CasaPiedra hasta los majaderos ciclistas furiosos, tiene su versión barrabrava y se siente muy cómodo con ella.

Las funas en redes sociales, las detenciones ciudadanas, el absurdo Comando Jungla, los vanidosos de la Primera Línea, los prepotentes de la Sofofa, los insufribles de la Marea Roja. Se levanta una piedra y aparece, reconocido por la ley, un grupo apatotado, violento y ventajero. Y no los asemeja solo su tendencia al matonaje, con mejores o peores modales, sino también el discurso sentimentaloide, victimista y autoafirmativo. Una especie de cultura del pensamiento mágico, romantizado y antiilustrado. La pandemia del coronavirus dio un par de ejemplos alarmantes de lo anterior: la destrucción del recién inaugurado Cesfam de Melipilla por una patota, alegando, siempre como potenciales «víctimas de una injusticia», que en ese consultorio se iba a «atender enfermos de coronavirus y nos contagiarán»; luego, una pobre familia de Vallenar apedreada por sus vecinos porque dos de sus integrantes estaban enfermos.

Barbarie, en definitiva.

La primera visión que tengo de las barrasbravas ocurrió la noche del 30 de julio de 1976 en el Estadio Nacional. Se enfrentaban River Plate y Cruzeiro en el tercer partido definitorio de la Copa Libertadores. Fuimos con mi hermano Fernando, acompañados por el procurador del estudio de abogados de mi papá, Luis Monasterio. Un hombre, un temperamento que ya casi no existen: siempre de corbata, siempre de traje, siempre con los zapatos lustrados, siempre peinado y afeitado y de edad indefinida, aunque presumo que entonces apenas superaba la treintena. Yo tenía siete años y me sentí muy impresionado por la barra de River, apostada a pocos metros de nuestra ubicación en la galería norte del Nacional. Lienzos, papelitos, gritos rítmicos y la jefa omnipresente: Haydée Luján Martínez, alias «la Gorda Matosas». El apodo venía de los sesenta, cuando el defensor uruguayo de River Roberto Matosas le regaló una camiseta.

Fanática del club, infaltable en las prácticas y en la cancha, la Gorda Matosas subsistía vendiendo números de lotería y recibiendo regalos y dinero de los jugadores y dirigentes. Según el experiodista de El Gráfico Alfredo Alegre, hincha millonario también, Haydée Martínez era una persona agresiva y peligrosa, que trabajaba de informante para los dirigentes y obtenía dinero con amenazas y chantajes. El golpe militar en Argentina había ocurrido cuatro meses antes, pero la represión generalizada de las Fuerzas Armadas en contra de todos los estamentos de la sociedad argentina no le impidió a la Gorda Matosas seguir operando bien instalada a la cabeza de la barrabrava de River Plate.

Para un niño de siete años el espectáculo que dio la barra de River Plate, hoy llamada Los Borrachos del Tablón, fue inolvidable: eran unas dos mil personas que no dejaron de cantar ni cuando Joazinho marcó el gol del triunfo para Cruzeiro en el último minuto. Más inolvidable fue la Gorda Matosas, dirigiendo los cánticos parada junto a la reja olímpica, donde hoy está el memorial de los prisioneros, enfundada en una camiseta blanca con la banda roja que hacía aún más redonda su humanidad. Imposible no verla, no hipnotizarse ante tanta energía, tanta pasión, tanta extravagancia. Era algo desconocido en Chile, exótico y, para este niño, fascinante. Se trataba de un espectáculo dentro del espectáculo, en las antípodas del público chileno, siempre tan frío, tan discreto, tan amable, en el que solo resaltaba la entrañable Bandita de Magallanes, para solaz de Julio Martínez.

Ya en ese tiempo las barrabravas funcionaban como formidables máquinas recaudadoras de dinero y como fuerzas parapoliciales al servicio de los dirigentes. Herederas de las patotas sindicales, el periodista argentino Amílcar Romero, especialista en el tema, sitúa su nacimiento en 1958, tras el desastre de la selección albiceleste en el Mundial de Suecia, evento que coincidió con la industrialización de la actividad: el surgimiento del «fútbol espectáculo». Con el tiempo, las barras se expandieron, adquirieron fuerza y fueron cooptadas por el poder en los clubes y la política, sectores que las utilizan a cambio de favores (entradas, viajes) o dinero en efectivo. «De lunes a viernes son una fuerza parapolicial en el polideportivo donde el plantel se entrena y los domingos tienen el espectáculo de los papelitos y cada tanto producen algún desastre que repercute mediáticamente. Con este movimiento constante, las barras controlan toda la información interna del club. Saben quién va a más, quién va a menos, quién se droga, quién no. ¿Qué aspiración tienen ellos con la capacidad de producir violencia y con la información que manejan? Buscan la tercera pata del trípode del poder: el dinero», contó Romero en una entrevista a Página 12 el 2003.

Todo este fenómeno peligroso y complejo le era muy ajeno al fútbol chileno. La barra de Universidad de Chile, considerada la más organizada y masiva, era dirigida por Eduardo Martínez, alias «el Chuncho», buen amigo de los dirigentes, quien recibía algún que otro favorcito, pero en el fondo era un tipo inofensivo cuyo único propósito era pararse el domingo en el codo de la galería sur del Nacional y dirigir los cánticos burlones de su barra. En Colo Colo la cosa era todavía más anodina: la jefa de barra «oficial» era una señora apodada María Colo Colo. Rondaba con frecuencia la sede y las prácticas en Pedrero, los días de partido encabezaba algunas docenas de muchachos bien portados que enarbolaban plumeritos y banderas.

En Chile también el fútbol vivía un proceso de «industrialización» con la entrada de los grupos económicos y la aparición de la publicidad en las camisetas —fue Universidad Católica el primer equipo en incorporarlas, al lucir en el pecho el logo de la Financiera Cash, en 1976—, fenómeno que culminaría treinta años más tarde con la Ley de Sociedades Anónimas, dictada el 2005. La presión de las gradas tenía esporádicos momentos de gran tensión, como un duelo de Unión Española con Estudiantes de La Plata entablado en 1971, que culminó con un muerto, o la famosa avalancha con seis muertos en la final del Sudamericano de 1955; pero eran casos muy puntuales: toda la violencia se diluía una vez terminado el partido. Incluso en los momentos de mayor crisis política y económica, como los meses finales de 1973 o los años que siguieron a la recesión económica de 1982, el fútbol profesional se mantuvo estable, sin incidentes en las tribunas, más allá de algunos cantos y consignas en contra de Pinochet. No hay un solo partido suspendido por peleas entre barras o en el que haya sido necesaria la intervención de las Fuerzas Especiales de Carabineros en las tribunas. Tampoco alguno en que hubiera corridas, apedreos, guanacos o bombas lacrimógenas en el entorno, menos aún barricadas. Estamos hablando de un país con una fuerte carga de violencia por la represión y sumergido en una devastadora crisis económica que rondó el 30% de cesantía en 1983. Mientras que las jornadas de protesta nacional culminaban con decenas de muertos y cientos de heridos y detenidos, el fútbol se mantuvo al margen, sin incidentes dignos de mención.

Con los años y la reivindicación de las barrabravas tras el estallido social del 18 de octubre de 2019, se ha inventado un relato de barras combativas a la dictadura de Pinochet, ilustrado por episodios exagerados y directamente falsos (1). El más notorio es el partido entre Chile y Uruguay jugado el 11 de septiembre de 1983 en el Estadio Nacional. Ahí se vivió un ambiente más denso de lo habitual porque se cumplían diez años del golpe y el día anterior se produjeron graves incidentes en la plaza Baquedano. Sin embargo, lo único que se puede apuntar fueron los habituales gritos de «Y va caer…» que se iniciaban en la galería sur y después repetía gran parte del público. A diferencia lo que se pudiera creer, quienes lideraban los cánticos en contra de Pinochet no eran barristas de la U, sino estudiantes de ingeniería de la Universidad de Chile quienes acudieron en gran número a este partido. Pese a que hubo una queja a través de los medios del gobierno por la actitud «grosera» del público, la parte «política» de la jornada no pasó de cantos y consignas. Distinta fue la parte «deportiva», puesto que los jugadores uruguayos fueron apedreados en venganza por el violento partido disputado una semana antes de Montevideo.

También se pueden señalar la despedida de Elías Figueroa en febrero de 1984 y la de Carlos Caszely en octubre de 1985. En la primera, el público se dedicó a tirarse latas de bebidas entre un sector y otro, generándose verdaderas, y bufas, batallas campales. Fue una explosión de ira sin contenido político, que culminó con media docena de heridos leves y varias toneladas de latas en la pista de atletismo. En la despedida de Caszely, las entonces proscritas Juventudes Comunistas llamaron a manifestarse en el estadio y hasta lanzaron entradas falsas, burdas fotocopias, para un «copamiento» popular del Nacional. Hubo 60.000 personas esa tarde, bastantes cánticos en contra de Pinochet, algunos lienzos; pero no pasó más allá. La jornada terminó abruptamente cuando decenas de niños, los que entonces eran identificados como «pelusones», invadieron la cancha con el objetivo de abrazar a su ídolo. Y esta anécdota final no puede calificarse como un acto de rebeldía o protesta.

Los hechos de violencia, como está señalado, eran muy raros y puedo relatar uno del que participé con dieciséis años en octubre de 1985. Frustrados por la eliminación de Chile del Mundial de México 86 tras empatar con Paraguay, con un grupo de hinchas nos colgamos, hasta destruirlo, sobre un cartel muy largo, hecho con palos y tela, que publicitaba una máquina de afeitar y que estaba instalado sobre la entrada de la avenida Grecia. Tras lograr nuestro propósito y gritar algunas incoherencias, cada uno se fue por su lado. La masa había actuado. Fue puro instinto y fascinación por la destrucción. La necesidad de romper el orden monolítico o la monotonía de la vida. No tengo una razón clara de por qué lo hice; solo fui parte de algo y destruí. «La necesidad de destruir cosas que nunca se explica satisfactoriamente», en palabras de Elias Canetti.

(1) El post scriptum histórico de la épica futbolística no es exclusividad de Chile, por supuesto. Los intentos de independencia catalana en los últimos años han sido acompañados de un relato fantasioso del Fútbol Club Barcelona como entidad de resistencia a la dictadura de Francisco Franco. La realidad es que el Barça es el único club de España que condecoró dos veces a Franco (el Real Madrid solo una) y no existe un solo registro o prueba que indique acciones, declaraciones o siquiera manifestaciones en el estadio de hinchas, jugadores y dirigentes culés durante los cuarenta años de gobierno dictatorial.