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«Nos habían condenado a muerte»: la sanguinaria huida de un chileno de Ucrania

Roberto García pasó 40 días intentado salir del país en guerra con Rusia. Ya desde Chile, recuerda el recorrido: borrachos con metralletas, militares ladrones, una embajada mezquina y un Gobierno que, dice, lo olvidó.

Chileno sale de Ucrania

Chileno sale de Ucrania

Chileno sale de Ucrania

Roberto García habla de una melancolía que siente cuando camina por Santiago: ve las mascarillas e imagina los rostros detrás y supone o asume que van a comprar o a pagar o a gastar y lo entiende sin justificarlo, porque vivió por décadas en Chile antes de echar raíces en Ucrania. Volvió por la guerra, o gracias a ella. Y esa sensación extraña, cuando la explica, dice que es porque mira el caminar para allá y al otro lado y en alguna parte de su memoria se cruzan las kalashnikovs que nunca quiso escuchar, pero que los soldados ucranianos hicieron sonar detrás de él, en el paredón, mientras intentaba huir.

«Hoy vuelvo a la rutina de las cosas simples, con menos, tal vez, pero agradecido», contará al final de recordar el escape. Después agregará: «Salimos mil veces más agradecidos por tener pan en la mesa, porque estuvimos muchos días con mucha hambre, con mucho frío, con muchos grados bajo cero».

Es sicólogo de profesión y algo de eso sale cuando habla de la reinvención: «Colocamos el foco de nuestra atención en eso, elegimos dónde poner la consciencia: si la pones donde duele, el resultado será abrumador. Y, en el fondo, cuando estás en riesgo de muerte, uno agradece el don de la vida«.

«Es triste pasar por Santiago, porque parece que la gente se olvidó de eso. Están tan concentrados en comprar, comprar y comprar, que cuando te das cuenta que te va a caer una bomba o te van a fusilar, uno agradece esas cosas», dirá al final.

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Pero en el camino, el vehículo explotó (una falla mecánica, no bélica). «Tratamos de salvar lo más que pudimos de nuestra casa, porque perdimos todo: electrodomésticos y todo eso que habíamos puesto en refaccionarla».

Rezaba. Eso hacía, por sobre todo: un rezo egoísta, de poder salir vivo junto a María.

La huída

En días, García calcula que fueron más o menos 40 los que dedicaron a intentar salir del país desde que empezó la guerra entre Rusia y Ucrania en febrero pasado. Un mes y más de «prueba de fe, más que cualquier cosa».

Vivía con su esposa, María Rudiuk, en una casa antigua que habían refaccionado cerca del aeropuerto en Kiev, al lado de un bosque que, en ese tiempo en el que intentó escapar, más hacia los primeros días, fue usado por soldados rusos para atacar la estación de aeronaves. «Nosotros despertamos en el primer bombardeo (al aeropuerto), con las bombas muy cerca. Pasaron unos días y notamos que los suministros se estaban acabando cuando decidimos irnos», rememora.

Desde acá, y para la empatía, pone el ejemplo: el distrito de Kiev es tan grande como el de la región Metropolitana. Al momento en que decidió la huida, cargó sus cosas en el auto y partió.

Los militares y sus controles estaban apostados en puntos que no entendía. Y pese a la nacionalidad de su esposa, temía cuando los veía borrachos con las metralletas en las manos. 

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«De ahí tuvimos que apelar a rezar mucho, a pedir mucha ayuda. Nadie nos quería ayudar. El ambiente era muy volátil. Los pasos de defensa militar era muy relativo: en algunas pasamos y nos trataban súper bien, en otras hasta nos toqueteaban«, recuerda.

La explosión fue volver a fojas cero. Había que armar un plan, pero antes que todo, pensar en cómo moverse, «pedir petróleo de contrabando, porque no había combustible. Nos prestaron una van súper antigua y justo cuando pasamos el perímetro de Kiev, nos arrestó la policía, la milicia, y nos robaron».

Y ahí, la fusilamiento: «Nos sacaron la cresta, en buen chileno, nos golpearon. A mi señora la esposaron y nos habían condenado a muerte ahí mismo en un paredón porque habían determinado que yo era checheno. Nos tocó la casualidad que yo llevaba el pelo muy cortito y como llevábamos muchos días en esta cuestión de la guerra, estaba con la barba muy tupida. Ellos asumieron eso. Yo les mostraba mis documentos, no me creyeron y ahí me separaron de mi señora para que yo pensara que la iban a maltratar, que yo me asustara y confesara. En un auto policial me golpearon un montón. Esa noche fue terrible. Pasamos la noche prácticamente siendo interrogados después. Por suerte llegó un militar de grado más alto y se dio cuenta que yo no era espía.».

Los uniformados llamaron a la familia de María para consultarle por Roberto. Era la forma en que tenían de corroborar que no fuera espía o ruso o checheno. Llevaban dinero consigo. «Nos robaron miles de euros», contó.

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Hambre, frío cansancio, xenofobia, racismo en tono de guerra. A las 18:00, se acuerda García, no volaba ni una mosca en Ucrania. Si bien los toques de queda variaban según la ciudad, ese era el horario implícito. 

Siguieron como pudieron hasta la frontera. Y hubo otro aprendizaje de agradecimiento: «Nos dimos cuenta que nosotros éramos afortunados, dentro de todo. Ese día había mucha nieve y salía la gente con sus bebés, colgando por todos lados, a pie, muertos de frío, muertos de hambre. Y nos cruzaron de la frontera unas chicas que nos quitaron el vehículo, que no era nuestro. Y en Rumania lamentablemente nos enfermamos: estuvimos con mucha fiebre, perdí la voz. Ya como Rumania era la Unión Europea, llegaron médicos a atendernos a domicilio».

Y verás cómo quieren en Chile

Desde Rumania, el sicólogo radicado en Ucrania podía pedir ayuda a su país de origen. Fueron, finalmente, más que todo expectativas: «El Gobierno chileno nos abandonó completamente, no nos ayudó en nada. Todo lo consideraban una ayuda de lujo, que no la necesitábamos. A nosotros nos frustraba mucho porque revisábamos las noticias y sabíamos que los americanos, los ingleses, los israelitas, los argentinos, los peruanos, todos fueron ayudados de forma súper rápida por su gobierno, y a nosotros no nos ayudó ni el gobierno del Presidente Piñera ni el del Presidente Boric».

Pese a todo, logró volver al país, «agotados, estresados, tristes, maltratados», enlista. Cuando tomó el taxi, el conductor lo estafó. Recordaba así lo que lo llevó a emigrar, también pensaba en «la gente humilde» de Ucrania, «que nos daban lo que a ellos les iba a hacer falta: comida, cama».

En Rumania pudo compartir con los embajadores: «Tenían una casa que era como un palacio, en el barrio alto, con piano de cola. En un momento me equivoqué y abrí una puerta buscando el baño y abrimos una puerta y era una bodega con Chivas Regal, vinos caro, jamón serrano. Vivían en otra dimensión, todos con chofer, manejando Mercedes del año. Es muy triste darse cuenta que te traten con tanta desidia, no como lo hizo Bolsonaro, o el presidente Perú, o Fernández, que mandaron aviones militares a buscar a la gente. Y Bolsonaro trajo hasta con mascota a las personas y a nosotros nos pusieron drama hasta por andar con maleta de mano».

Hoy, dice, se sienten olvidados. «Es el pago de Chile, que le llaman».

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