Nueva ola de protestas generó inquietud en Brasil a semanas del Mundial
Según los datos publicados por el diario O Globo, el jueves se registraron 21 protestas en 20 ciudades del país y genera alertas en el gobierno de Dilma Rouseff


Una nueva oleada de protestas en varias ciudades de Brasil a un mes del Mundial aumentó la preocupación del gobierno de Dilma Rouseff, que teme que las marchas se intensifiquen en los próximos días, con más sectores, como el de los funcionarios, sumándose a las movilizaciones. La presencia de varios sindicatos en las recientes protestas fue una novedad que indica que ya no son solo grupos espontáneos de ciudadanos los que toman las calles, como sucedió durante los disturbios de junio de 2013, según explica Fábio Milani, doctor en comunicación por la Universidad Federal de Río de Janeiro.
“Hay un salto cualitativo debido a que grupos organizados ya se involucraron en los movimientos de ciudadanos descontentos, que hasta ahora iban cada uno por su lado”, afirma Milani. Al menos un centenar de organizaciones gremiales se unieron a la protesta bautizada 'Copa Sem Povo: Tô na rua de novo!' (¡Mundial sin el pueblo: estoy en la calle de nuevo!), con el Manifiesto del 15-M (plataforma creada contra el Mundial) como proclama, con el que se intentó atraer manifestantes en redes sociales.
La Copa del Mundo creció como elemento catalizador para una serie de demandas que los manifestantes querían ver estampadas en los titulares de la prensa internacional, lo que explica los carteles en inglés, como el lema Tourist, don't come to the World Cup, danger country. A pesar de la intensidad de las imágenes, las manifestaciones no llegaron a crear un clima de pánico generalizado porque ya no pillaron a las autoridades de Brasil por sorpresa, como sí ocurrió el año pasado.
Según los datos publicados por el diario O Globo, el jueves se registraron 21 protestas en 20 ciudades del país, algunas de ellas con apenas 50 personas, como en Salvador, la capital de Bahía, y otras, como la de la avenida Paulista, escenario de protestas de São Paulo, que reunió cerca de 1.200 personas el jueves por la noche.
Desde las marchas de junio del año pasado, cuando millones de personas protagonizaron escenas casi inéditas en las calles de Brasil, el mundo se preguntó si volvería a resurgir la primavera brasileña, que denunciaba la corrupción y el desinterés de la clase política. La idea de millones de indignados luchando por tener unos servicios públicos a la altura de las expectativas del gigante latinoamericano parece una utopía para muchos, que concluyen que las protestas de junio “no consiguieron nada”.
Pero algo consiguieron, aunque el número de indignados en las calles sea mucho menor. Una de las reivindicaciones de los manifestantes, por ejemplo, era el archivo inmediato de los proyectos de ley que prevén castigos más rigurosos contra los manifestantes que “generen un estado de excepción dentro de la democracia”, propuestos inicialmente por el gobierno. De hecho, la presidenta Dilma Rousseff dio un paso atrás y decidió no llevar al congreso ese proyecto.
Igual en el país del fútbol hay quienes ya se cansaron de protestar por los gastos exorbitantes del gobierno en los estadios y empiezan a contagiarse de la euforia del evento. “Las protestas contra el Mundial deberían haber sucedido antes, cuando Brasil fue escogido”, dice Marcela Tuzjian, propietaria de un quiosco. Tuzjian dice estar contra los Black Blocs y a favor del campeonato. El taxista José Eduardo Melin también apoya el Mundial que, desde su punto de vista, trae trabajo al país. “¿A usted no le incomodan los gastos exagerados en los estadios?”. “El problema no es el robo, sino la falta de castigo”, dice.
Esta es la dicotomía que se está viviendo en Brasil. Poco a poco la indignación por la mala gestión empieza a ceder ante el entusiasmo de ver a la selección, La Canharina, jugar en casa después de 64 años. Cuál será el sentimiento preponderante a finales de junio dependerá del desempeño del equipo de Felipão en el campo, opina el filósofo Janine Ribeiro. Pero la gente ya comenzó a animarse y a olvidar un poco la decepción por las promesas iniciales, como el legado de infraestructuras que iba a traer el Mundial. “La Copa va a ser popular y Brasil debe tener una fiesta maravillosa”, afirma Ribeiro. Que así sea.




