Cientos de personas hacen cola en Misrata para ver el cadáver del dictador
Los cadáveres de Gadafi, de su hijo Mutasin y del general Abu Baker Yunes Jaber siguen sin ser enterrados 24 horas después de su muerte.
Romería en Misrata. La ciudad más castigada, seguramente la que más víctimas ha padecido por la guerra entre los sublevados contra Muamar el Gadafi y las tropas del dictador, está de fiesta. Celebran en la calle Trípoli, devastada por la contienda y repleta de material de guerra destrozado, pero la atracción principal está en el mercado central de verduras. Una fila de cientos de hombres espera y camina disciplinadamente. No querían perderse algo que habían esperado ver durante años. En una sala de paredes blancas de un pequeño edificio del mercado yacen los cuerpos ensangrentados envueltos en mantas del tirano, de su hijo Mutasim y del jefe de sus fuerzas armadas, el general Abu Baker Yunes Jaber. Pasan a toda prisa porque los milicianos no permiten pararse ante los cadáveres. Solo tienen tiempo para gritar “Dios es grande”. Y se van sonrientes.
Sobre un colchón está el cuerpo ensangrentado de Gadafi con la cabeza ladeada. A su izquierda, el militar Yunes. Y a la izquierda de este Mutasim. Nadie quería verlos detenidos. Retumba el “Ala uh Akbar” en la sala. Pero los devotos milicianos no han cumplido un precepto del islam: los cadáveres no han sido enterrados a las 24 horas de su muerte, como prescribe el Corán. Eso importa poco ahora. Este enviado no ha conseguido encontrar a una sola persona que prefiriera un juicio al dictador antes que su más que probable ejecución sumaria.
“No había otra opción. Mejor que esté muerto porque si esto no se sabe con seguridad sus partidarios todavía tendrían esperanzas de recuperar el poder”, afirma Hasan al Osta, un economista de Misrata que saluda a un joven que asegura haber sido quien disparó contra el general Yunes Jaber en el conducto en el que se hallaba escondido. La procesión no se detiene desde ayer. Pero la felicidad por la muerte del tirano se empaña en cierta medida por lo que revela el episodio final del dictador y su cohorte. Los milicianos de Misrata no han entregado todavía los cuerpos a las autoridades oficiales ni a la tribu Gadadfa, que ha reclamado los cuerpos para un entierro digno. Se pretende a toda costa que Gadafi sea sepultado en un lugar desconocido. Pero el Gobierno interino no ha logrado hacerse cargo todavía del entierro, una muestra de que en Misrata ese Ejecutivo no es visto con los mejores ojos. Unas divisiones territoriales que pueden afectar al futuro inmediato de los libios, que tratan de recuperar su vida normal.
Una fila de cientos de hombres espera y camina disciplinadamente. No querían perderse algo que habían esperado ver durante años. En una sala de paredes blancas de un pequeño edificio del mercado yacen los cuerpos ensangrentados envueltos en mantas del tirano, de su hijo Mutasim y del jefe de sus fuerzas armadas, el general Abu Baker Yunes Jaber.