Tropas de EE.UU. asumieron control de Haití para garantizar ayuda humanitaria
El enviado especial de el periódico El País de España, Pablo Ordaz, relata la llegada de los militares estadounidenses a la isla caribeña y que busca establecer el orden y las formas de distribuir la asistencia que ha llegado a ese país de centroamérica.
Nadie piensa que 15.000 botellas de agua y 14.000 bolsas de comida vayan a terminar con la sed y el hambre de los haitianos. Nadie se imagina que con 50 paracaidistas a bordo de cuatro helicópteros se pueda acabar, por el único hecho de aterrizar cinematográficamente en los jardines del destruido Palacio Presidencial, con el caos y el robo que siguen castigando a Puerto Príncipe.
Pero con esas dos acciones, ejecutadas simultáneamente y acompañadas del consiguiente apoyo mediático, las tropas de EE.UU. lanzaron el mensaje que la misión de Organizaciones Naciones Unidas no había logrado transmitir en siete días: "Ya estamos aquí. Y los vamos a ayudar".
¿Pura parafernalia americana? Tal vez, pero si algo necesita el pueblo de Haití estos días es, además de agua y comida, un poco de esperanza. Pero si de paso alguien se percata -por primera vez en siete días- de que el puerto de la ciudad está destruido y de que es vital arreglarlo sin demora, mucho mejor. De eso también se olvidó la ONU. Y en eso estaban hoy trabajando a toda prisa -esta vez en silencio- el capitán John Littel y el teniente Tim Mc Callister.
Littel pertenece a la Guardia Costera. McCallister, a la Marina de los Estados Unidos. Para llegar hasta ellos hace falta atravesar la ciudad y su paisaje de olores imposibles. El del polvo que desprenden las casas del centro cuando son saqueadas. El de la basura descomponiéndose o ardiendo en las esquinas. El olor dulzón de la muerte, que hasta ahora siempre venía acompañado de la imagen terrible de los cuerpos hinchados, apenas cubiertos por plásticos o mantas, pero que ahora asaltan al paseante a traición, desde las entrañas de los edificios destruidos, como un recordatorio de lo que guardan.
Hay todavía otro olor, que ya estaba aquí cuando llegó el terremoto, y es el de la podredumbre que rodea también a los mercados más pobres de los países más pobres de África. Es el olor que el capitán Littel y el teniente Mc Callister perciben cuando el aire sopla desde la tierra hacia el puerto.
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