La cumbre del G-8 confirmó la crisis de liderazgo mundial
El resultado constató la pérdida de sentido de la reunión de las ocho primeras potencias mundiales y concluyó sin acuerdos de trascendencia.
Los líderes mundiales pretendían que la reunión del G-8 alcanzara solo acuerdos verificables. El resultado ha sido un deficiente plan para la ayuda a la maternidad en África, una tenue condena a Irán y Corea del Norte y, sobre todo, la constatación de que el propio G-8 perdió sentido, que la coordinación de esfuerzos internacionales es casi imposible y que el mundo carece de un liderazgo fuerte en un momento histórico política y económicamente muy delicado.
Una organización cívica canadiense ha contado que, desde su fundación, hace 35 años, el G-8 (antes G-6 y G-7) ha aprobado más de tres mil acuerdos a los que después no se ha dado seguimiento.
Esa realidad habla de la complejidad del mundo actual, pero también de la debilidad de los dirigentes actuales. Los gobernantes europeos están desprestigiados -caso de Silvio Berlusconi- o han agotado su energía -caso de Nicolas Sarkozy o Angela Merkel-.
Queda Obama. El presidente norteamericano es aún el polo de referencia de estas reuniones, pero con su popularidad disminuida por una serie de infortunios domésticos -el último y más grave, el vertido de petróleo en el Golfo de México-, Obama ha relegado la política exterior a un segundo lugar en su agenda.
Las grandes potencias occidentales están todavía embarcadas en la salida de una catástrofe económica para la que no han encontrado recetas realmente eficaces y útiles para todos. El desempleo se ha enquistado en la mayor parte de las economías, y lo que necesitan unos -más inversión para un crecimiento más acelerado: Estados Unidos- no es válido para otros -Europa, agobiada por la deuda-. Pese al reciente acuerdo sobre la reforma financiera en Estados Unidos, las economías occidentales no han conseguido por lo general transmitir credibilidad en su voluntad declarada de poner orden en el sistema financiero.