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Hernán Caputto y el terremoto: »La primera impresión fue que era una bomba y era la onda expansiva»

El arquero de Huachipato relató en ADN Radio Chile que en su departamento del piso 26 de Concepción "los cristales se rompieron y se empezó a sacudir todo de tal manera que el refrigerador cayó al piso. Microonda, televisores, la verdad es que estaba todo en el piso".

El arquero de Huachipato, el argentino Hernán Caputto, relató en el Tercer Tiempo su vivencia la madrugada del sábado 27 de febrero en Concepción, cuando vivió en su departamento del piso 26 el terremoto 8.8 en la escala de Richter que afectó a la zona centro sur del país, y comentó que "la primera impresión fue que era una bomba y era la onda expansiva".

A continuación les dejamos su relato, contado en primera persona en ADN Radio Chile, de esa noche en la capital de la Región del Bío Bío:

Yo, cuando me desperté, caí al piso y encima casi del primo de mi señora, que estaba en una colchoneta. Vi el resplandor y vi fuego al fondo, y lo primero que sentí, porque he sentido temblores acá en Chile de los años que estoy, pero a la magnitud de lo que fue este, a esa altura y de lo largo que fue… para mí la primera impresión fue que era una bomba y era la onda expansiva, porque sentí eso.

Los cristales se rompieron y se empezó a sacudir todo de tal manera que el refrigerador al piso, el microondas, televisores, la verdad es que estaba todo en el piso. Entonces no entendía nada. Gracias a Dios estaba mi madre y se puso a rezar con mis hijos y tuvo esa calma.

Nos quedamos en el departamento pero porque no podíamos salir. El primer instinto mío era abrir la puerta. Fui a abrirla, pero estaba descuadrada y ya no se podía, estaba trabada. Yo vi que mi madre estaba con los niños, todavía no habíamos despertado bien dentro de todo y el miedo que tenían… mi señora intentó, dentro de lo que se podía, porque nos tiraba de pared a pared, agarrar zapatillas y esas cosas porque sabía que nosotros estábamos con el primo de ella, Fito, intentando abrir la puerta.

El vidrio del living se había roto y el miedo era que nos botara por el balcón, porque nos sacudía hacia los costados. La puerta quise abrirla pero me quedé con la manija en la mano y ahí me agarró la desesperación porque agoté todas las posibilidades de abrirla. Estaba trabada, descuadrada y no había ninguna posibilidad.

¿Si pensé que hasta ahí llegábamos? Yo, sinceramente, sí. Mi señora no, su primo sí, que de hecho lo primero que hizo fue manotear su documento y se lo puso en su bolsillo por cualquier cosa, porque pensó en lo peor. Yo en la desesperación, sabía que ahí no nos podíamos quedar.

Pasó lo que dicen siempre, que los edificios después de un terremoto empiezan a moverse, a inclinarse, a balancearse y lo hacía muy fuerte porque nos tiraba de pared a pared, no paraba y crujía. Crujían las paredes. Empezó a caerse el revoque del techo y cuando pasó, empezó a caer agua, entonces ahí más me desesperé por todos los artefactos que había en el piso. Empecé a desenchufar lo que pude.

Dentro de la inconciencia que uno tiene en ese momento y no se da cuenta, me pasé al balcón del departamento de al lado, del piso 23. Entre los balcones habrá 50 centímetros, pero enganché el pie y me metí. No miré nunca hacia abajo, ni tenía claro que era lo que hacía. Sólo tenía claro que sabía que para abrir la puerta del departamento tenía que hacerlo desde afuera y eso era lo único que buscaba. Fui, los cristales estaban todos rotos, pero no había nadie. Entré, la puerta estaba algo descuadrada, intenté pero no pude, así que volví.

Empezaron a gritar del piso 22 una persona y nos dijo que tuviéramos calma porque ya iba subiendo gente. Yo por el citófono, que aún funcionaba, hablé y me dijeron que ya iban subiendo, mientras yo decía que estaba con niños, que son tres: mi hija pilar de 12 años y mis hijos Lucas de 8 y Franco de siete.

Me entró la desesperación porque no podía abrir la puerta y yo entendía que ya teníamos que salir de ahí, que no había posibilidad de que siguiéramos. De hecho, fácilmente se quedó balanceando el edificio de cinco a ocho minutos, fue mucho tiempo.

Y gritábamos que éramos el departamento 2306, que había niños y eso se te hace eterno. De repente capaz que pasaron dos minutos, pero para mí era eterno. De repente nos gritan córranse de al lado de la puerta, la patean hacia adentro, que era como se podía abrir y ahí sentí un alivio…

Lo único que hice fue agarrar a todos, fuimos por la escalera, todavía estaba la luz de emergencia, la escalera estaba bien deteriorada, con toda la parte de cemento caída. Sinceramente creo que fuimos casi los últimos que salimos. Primero nos quedamos en el auto, en la camioneta del Pato Ormazábal, que fue el único que sacó sus llaves de vehículos y por suerte los teníamos a 20 metros del estacionamiento del edificio. Y pasamos mucho frío.