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OPINIÓN

Caupolicán, el que cargó al fútbol en sus hombros

Caupolicán Peña fue jugador y notable entrenador, pero su legado para el fútbol fue crear el Sindicato de Futbolistas, para dignificar el trabajo y luchar contra la explotación.

A un niño nacido en Carahue en 1930, a orillas del río Imperial, sus padres le pusieron el nombre de un toqui. No le dieron el de un santo ni el de un abuelo: le entregaron el de un guerrero mapuche, que, según las crónicas, cargó un tronco sobre los hombros durante días hasta que los demás entendieron que era el líder que se buscaban para suceder a Lautaro en su lucha contra el conquistador.

Caupolicán Peña murió a los 96 años y la vida se le fue apagando despacio, como se apagan los estadios después del partido: como un final triste, lánguido y teatral.

Fue lateral de Colo-Colo cuando el fútbol se jugaba con zapatos toscos y se cobraba poco. Fue seleccionado, pero su batalla más importante no la libró en ninguna cancha: la pateó en las oficinas, en las asambleas, en esas reuniones con olor a cigarro donde los jugadores eran mercadería con número en la espalda.

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Ahí Caupolicán se paró, igual que el otro, el de la historia, y dijo que no. Que el futbolista era un trabajador. Que tenía derechos. Que el que corre noventa minutos bajo la lluvia no le debe gratitud a nadie por su sueldo. Así nació el sindicato, y así empezó a pagar el precio que se paga en Chile por decir las cosas antes de tiempo.

Después fue entrenador, y de los que enseñan. Profesor normalista de formación, nunca dejó de serlo: un maestro de escuela con buzo. Recorrió Chillán, Temuco, Rancagua, Talcahuano, La Serena, como quien recorre un país aprendiéndoselo de memoria.

Y en Palestino armó algo que todavía se cuenta con asombro entre los viejos hinchas: aquel equipo de 1978 que no sabía perder, que encadenaba partidos invictos como quien reza un rosario, y que terminó campeón brillante, con Elías Figueroa, Manuel Rojas y Oscar Fabbiani. Un club de colonia, un técnico comunista del sur, un plantel con estrellas solidarias. El fútbol a veces tiene esas ironías hermosas: las campañas más limpias las firman los que menos tienen.

Le entregaron la Selección en el peor momento posible. Un país con toque de queda, un estadio que había sido campo de prisioneros, un régimen que miraba el fútbol como vitrina y a los futbolistas como soldados. Caupolicán, militante comunista, sentado en la banca de la Roja de Pinochet, con dirigentes interventores. Cuesta imaginar la soledad de su cargo. Tenía un equipo de lujo, de esos que no se juntan dos veces en una generación. Pero para completarlo le faltaba uno. "

“Ahora el toqui descansa. En Carahue -donde solía refugiarse después de las derrotas- el río sigue bajando hacia el mar, indiferente”

—  Aldo Schiappacasse

Carlos Caszely no podía ser citado por “orden de arriba”. El goleador que se había negado a darle la mano al dictador, el hijo de una madre torturada, el goleador más gravitante de su tiempo, quedó afuera por una decisión que no era deportiva y que nadie se atrevió a firmar en voz alta.

Caupolicán obedeció, porque no había otra, y cargó con eso. Chile quedó eliminado en Lima, 2 a 0 contra Perú, y el camino a Argentina se cerró, con una afrenta histórica. El surrealista festejo del dictador Francisco Morales Bermúdez, quien envuelto en su bandera bajó a festejar la clasificación al campo de juego, afrenta que en La Moneda no dejaron pasar. El reproche, otra vez, cayó sobre Peña.

¿Se equivocó al aceptar? Tal vez. ¿Pudo renunciar? Tal vez. Pero asumió su realidad de dirigir con las manos atadas y aun así intentar que el equipo juegue bien. No todos los héroes ganan. Algunos solo resisten, y resistir, en esos años, ya era bastante.

Luego vino la presidencia de los entrenadores, y otra vez la misma idea tozuda: que el que trabaja se organiza, que el gremio protege, que nadie se salva solo. Caupolicán nunca creyó que el fútbol pudiera convertirse en un negocio, y le tocó envejecer viendo exactamente eso.

Representantes, fondos de inversión, pases negociados como acciones de bolsa. Él, que peleó para que el jugador fuera dueño de su trabajo, vio cómo el jugador pasó a ser dueño de nada y propiedad de todos. Debe haberle dolido. Pero nunca lo escuché hablar desde el rencor, sino desde la pena, que es distinta: el rencor mira hacia atrás, la pena hacia lo que pudo ser.

Ahora el toqui descansa. En Carahue -donde solía refugiarse después de las derrotas- el río sigue bajando hacia el mar, indiferente, y en alguna cancha de tierra un niño con nombre de santo patea una pelota sin saber que alguien, hace setenta años, peleó para que ese juego fuera también un oficio digno. No va a saberlo nunca, probablemente. Así funcionan las herencias valederas: se reciben sin saber de quién vienen.

Caupolicán, el de la leyenda, sostuvo el tronco más tiempo que nadie. Caupolicán Peña sostuvo otra cosa, más pesada y menos visible: la idea de que el fútbol es de los que lo juegan. Esa idea está hoy un poco torcida, un poco vendida, un poco olvidada. Pero sigue en pie. Y sigue en pie porque hubo hombres como él que la cargaron sobre los hombros cuando nadie más quería.

Gracias, maestro. El partido fue largo y lo jugó entero. Que la Araucanía lo reciba como acoge a los suyos: sin preguntas, con los brazos abiertos, y con el viento del sur diciendo su nombre.

 

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