El “Huanchacazo”: la fiesta en el norte de Chile que terminó con una redada homofóbica
Más conocido como “El escándalo de Huanchaca”, el episodio ocurrido en 1969 en Antofagasta terminó con decenas de personas detenidas tras un allanamiento sin orden judicial.
“Incomunicados los 24 raros de Antofagasta”. “¡Detenidas 24 ‘locas’ en un baile social!”. Así tituló la prensa de la época lo ocurrido aquella noche del 29 de julio de 1969 en Antofagasta: una fiesta que comenzó como celebración y terminó con una veintena de personas detenidas.
El episodio pasaría a ser conocido como “El escándalo de Huanchaca”, o simplemente el “Huanchacazo”, Un caso histórico de la represión contra las disidencias sexuales en el país.
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Décadas más tarde, el periodista y dramaturgo Pedro Arturo Zlatar reconstruyó estos hechos a partir de testimonios de los mismos protagonistas. De esa investigación surgiría la obra teatral El Escándalo de Calle Huanchaca.
“Me enteré por los diarios, un amigo me mandó los recortes. Me decidí a escribir la obra el 2001. Siempre me pareció que fue espantoso, un abuso. Busqué a la gente para entrevistarla y nadie quería hablar”, cuenta Pedro Zlatar a Radio ADN.
Eventualmente el dramaturgo encontró a Marce Alejandra y Leo Champán, quienes fueron los primeros en hablar y le presentaron a otras personas que estuvieron en la fiesta, entre ellas Rita, la única mujer cisgénero que asistió, quien es “muy importante” según Zlatar.
Una torta y un rumor
El festejo en cuestión se trataba del cumpleaños de dos personas, un chico cuyo nombre Pedro nunca pudo identificar debido a que partió al extranjero y luego fallecería de diabetes, y otro de apellido Calenga, quien años después reasignaría su género y pasaría a ser Kandy Calenga.
El padre de Calenga tenía una panadería, por lo que mandaron a hacer una torta de casi un metro de alto. Esto llevó a que periodistas y policías interpretaran que se trataba de un matrimonio homosexual. La realidad es que era una fiesta común de sábado en la noche, como tantas otras, que esta vez se realizaría en Huanchaca.
“Llegaron 22 travestis, que eran anfitriones. Luego, entre estudiantes, civiles y uniformados de distintas armas militares -como la Fuerza Aérea- serían 44″, detalla el antofagastino. Cerca de las once de la noche, llega una patrulla de Carabineros y golpean a la puerta. Cuando Rita abre la puerta, los oficiales piden que se reduzca el volumen de la música.
El comienzo del final
Para que la fiesta continuase, carabineros pidió dinero u otro tipo de trato. Ante esto, el dramaturgo cuenta: “La Rita me dice textualmente: ‘Yo lo mandé a la concha de su madre’. Entonces, dos horas después volvieron con furgones para llevarse a toda la gente que había en la fiesta”.
Fue Kandy quien abrió la puerta. No preguntó por una orden judicial (que no tenían) ni alcanzó a reaccionar: al ver la cantidad de uniformados, se paralizó un segundo y luego gritó: “¡Los pacos!”. Dio media vuelta y salió corriendo, dejando la puerta abierta.
Lo que vino después fue inmediato. Los funcionarios entraron sin resistencia y la fiesta se desarmó en segundos. Algunos intentaron escapar, otros quedaron atrapados. En medio del caos, la torta terminó hecha pedazos en el suelo, el tocadiscos volcado y los muebles destrozados. La celebración se había acabado.
24 de octubre de 2008 se estrenó la obra de teatro titulada El escándalo de la calle Huanchaca.
“Cállate, maricón”
“La Rita era peluquera y estaba con su pololo. En realidad eran todos peluqueros casi, o la mayoría, no logré entrevistar a todos, por supuesto, porque muchos habían muerto o se habían ido de la ciudad”, relata Zlatar.
“La Rita se escondió debajo de la cama y la sacaron de ahí. Ella preguntaba por su pololo: ‘mi pololo, mi pololo’”. En medio del procedimiento, los funcionarios creyeron que se trataba de uno más. “Le decían ‘cállate, maricón’ y le pegaron”, agrega.
Separaron a los travestidos y los no travestidos. A Rita la iban a meter con los segundos y dejarla detenida también. Entonces, la mujer se sube la falda y dice: “¿Será pichula la que tengo acá?”. “Así lo pongo yo en la obra de teatro. Me lo contó ella misma”, afirma el periodista del norte. Los funcionarios la dejan en libertad y luego es ella quien busca abogados para gestionar la defensa.
Escarnio en la Plaza Colón
Parte de quienes asistían a estas fiestas no solo eran habituales del circuito, sino también hombres que llevaban una vida pública distinta. Algunos eran parejas o amantes. Incluso había uniformados. “Tenían una forma distinta de vivir su sexualidad, más reprimida”, explica Pedro. Y agrega: “Las mujeres tenían que casarse vírgenes o aparentarlo. A las once o doce de la noche tenían que estar en la casa. Los hombres las iban a dejar y después se iban a acostar con los maricones. Eso era muy común”.
Tras la detención, los asistentes fueron trasladados a la comisaría y permanecieron incomunicados. No se les permitió quitarse pelucas ni maquillaje. Al día siguiente, el procedimiento continuó en el centro de la ciudad.
El lunes por la tarde, cuando fueron llevados al juzgado, una multitud se congregó en torno a la Plaza Colón. Según la prensa de la época, entre 10 mil y 11 mil personas llegaron hasta el lugar. “Era una muchedumbre enorme, como medio estadio en la calle”, relata. Gritos, insultos y risas acompañaron el traslado de los detenidos en un recorrido de dos cuadras.
Prensa de la época
Tras el escándalo
Lo que ocurrió al interior del recinto penitenciario, según los testimonios recopilados por el dramaturgo, fue aún más grave. Los detenidos fueron separados y recluidos en celdas especiales.
Durante la noche, otros internos accedían a ellas con autorización de funcionarios, quienes incluso cobraban por el ingreso. “Si decías que no, te pegaban. Tenías que acceder”, afirma Pedro Arturo Zlatar. Se trató de violaciones facilitadas por los gendarmes.
El caso ocupó titulares y fue tratado con tono burlesco por la prensa, reforzando el estigma hacia la homosexualidad. Sin embargo, con el paso del tiempo, su impacto en la ciudad tomó un rumbo menos evidente.
“En un primer momento hubo mucha burla, la gente iba a mirar. Pero después cambió”, sostiene Zlatar. Con los años, Antofagasta desarrolló una relación contradictoria: entre el recuerdo del escarnio y una cierta tolerancia que contrasta con el imaginario del minero macho, algo que, según el dramaturgo, no era común en otras ciudades del país. “Antofagasta para los homosexuales era el paraíso porque todos los heterosexuales estaban disponibles“, ironiza.