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Hebe Uhart

Francisco Mouat analiza en ADN el libro de la escritora argentina.

Hebe Uhart

Relatos reunidos. Foto:

Francisco Mouat

Hebe Uhart es una escritora argentina de poco más de ochenta años que nunca se esforzó por llamar la atención, que se ganó la vida primero como profesora de escuela y después enseñando filosofía en la universidad, que desde joven prefirió publicar en sellos independientes, y que recién ahora último ha alcanzado un grado de reconocimiento literario que ella ciertamente no buscó ni le interesa. Cuando alguien dijo en su país que Hebe Uhart era la mejor escritora argentina, ella no tardó en responder: "No quiero ser la mejor escritora argentina. Es un lugar en el que te quedás sola y yo no me quiero quedar sola".

Hay un cuento suyo, "Guiando la hiedra", que ofrece uno de los finales más bellos que haya leído en mi vida. La narradora se despierta un día de marzo sin nada para hacer ni para pensar. Se levanta, se lava, se peina, calienta agua. "La luz va viniendo pareja, los pajaritos trabajan, van de acá para allá". La mujer decide que lo que va a hacer "es guiar la hiedra, pero no con un hilo grosero, la voy a atar con un hilo vegetal". Y aquí viene lo mejor: "Pasa un avión muy alto y de repente me agarran una felicidad y una paz tan grandes al hacer este trabajo que lo hago más despacio para que no termine. Me gustaría que viniera alguien para que me encontrara así, a la mañana. Pero todos están haciendo otros trabajos distintos, tal vez sufran o renieguen o se engripen; no importa, eso pasa y en algún momento tendrán alguna felicidad como esta mía. Me siento tan humilde y tan gentil al mismo tiempo que agradecería a alguien, pero no sé a quién. Reviso mi jardín y tengo hambre, me merezco un durazno. Enciendo la radio y oigo que hablan de la onza troy: no sé qué es, ni me importa: arre, hermosa vida".

Vinculo este cuento a un texto que leí una vez en que Hebe Uhart dice: "Tengo muy pocos principios o convicciones firmes. Pero sí creo que debemos tratar bien a los que tenemos cerca y en que todas las personas tienen derecho a momentos de placer, alegría o como se llame".

La de Uhart es una ambición moderada, a escala humana. No reclama ni exige trato especial. Dice que el éxito inmoderado le haría mal, entre otras cosas porque no fue con la literatura con la que se ganó la vida: "No quiero tener más de lo que tengo. Me gusta estar así, en el medio. Por ejemplo el hotel: a mí me gusta tres estrellas, no más. El otro día la editorial me mandó a uno de Córdoba, que era de cuatro, y había un tipo abriéndote la puerta. No me gusta eso. Ya le dije a la editorial que la próxima vez me manden a uno de tres".

Además de moderada, hay una cierta cosa optimista en su mirada, ella misma lo reconoce, que no debe confundirse con inocencia. O tal vez sea una forma de inocencia que la pone a resguardo de esas durezas que ella sabe muy bien cuánto pesan en la condición humana. Hay un cuento suyo de título elocuente: "El hombre está radicalmente solo". Ella conoce las soledades: algunos hombres la dejaron y después ya no tuvo a nadie: "Tal vez no he trabajado el vínculo de pareja", dice: "Los he visto un poco desde afuera, como personajes". En otro de sus relatos, "Él", la narradora habla del hombre más hermoso que vio en su vida, amigo de su amiga Mirta, que un día incluso la invitó a pasar a su casa: "No, gracias", le contestó ella, y se fue. Después pensó: "De buena me salvé, si entraba ahí, a lo mejor no salía nunca más".

Relatos reunidos, de Hebe Uhart, de editorial Alfaguara.


 
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