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Mediodía en ADN


El sol también es una estrella: Los centennials también se enamoran

OPINIÓN. Nueva York, diversidad racial, adolescentes enamorándose a primera vista y en cosa de horas y con la amenaza de la deportación como gran villano.

El sol también es una estrella: Los centennials también se enamoran

El sol también es una estrella.

Existe una clase de literatura adolescente, que evita convenientemente la intensidad emocional y la confusión propias de esa edad para transformaras en otra cosa e instalándolas en el mainstream para que dejen de ser una amenaza y no molesten.

Es fácil reconocerla: todas tienen títulos melosos, todas las portadas son iguales y muchas de ellas cuentan con un inusitado éxito previo en plataformas de literatura online como Wattpad.

"El sol es una estrella", best seller juvenil de la autora jamaicana-estadounidense Nicola Yoon, comparte la moral de esta camada. Lanzada a fines de 2016, no demoró nada en convertirse en película, gracias a su éxito y a su oportuno contexto, que mezcla diversidad racial, la crueldad de las deportaciones en la era Trump y la fe en algo que no sabemos muy bien lo que es pero que está ahí entre los jóvenes, porque son jóvenes y, aunque su cliché generacional les dicte lo contrario, siguen creyendo en el amor. Y si es azaroso, antojadizo y a primera vista, mejor.

La premisa es simple: Natasha (Yara Shadidi) es una estudiante de ciencias de origen jamaicano (tal como la propia autora) que se pasea por Nueva York con una chaqueta que reza Deus Ex Machina, agobiada porque su familia está a punto de ser deportada. En medio de una serie de eventos que responden a la frase que lleva en su espalda -una muy elocuente justificación para que todo vaya pasando porque sí- conoce a Daniel (Charles Melton), un chico surcoreano que quiere ser poeta y no puede porque su familia determinó otro destino para él: estudiar medicina. La chica es científica, pragmática, y no cree en el amor, el chico es soñador, romántico y habla hasta por los codos. Y será su responsabilidad –era que no- bajar los mecanismos de defensa de su amada a punta de don de la palabra para lograr conquistarla en cuestión de horas.

El destino, el universo, el efecto mariposa, lo que tiene que ocurrir ocurrirá. Es la versión teen y edulcorada del lugar común new age y son los motores que empujan todas y cada una de las escenas de esta película, que recorren un bello pero descafeinado Nueva York por medio de accidentes callejeros, deportaciones inminentes, conflictos vocacionales, stalkeos en la Grand Central, karaokes con canciones que dicen lo que los personajes no pueden llegar y decir, o atrasos para llegar a compromisos que definirán la vida adulta.

Todo con la tensión racial estadounidense como telón de fondo, en el que la película no profundiza (¿debería, si estamos hablando de amor adolescente e intercalar monólogos sobre Carl Sagan y universos cuánticos para intentar enmarcarlo y problematizarlo ya es suficiente pose de profundidad?) y con eso escoge perderse la oportunidad de ser una buena fotografía del momento actual, y de tener un mejor destino futuro que envejecer como una película para las cuatro de la tarde en un canal de cable (¿aún ven cable los centennials? ¿aún se enamoran los centennials?)

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