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Confesiones imperdonables, de Daniel de la Vega

Francisco Mouat revisa en ADN la obra del periodista chileno.

Confesiones imperdonables, de Daniel de la Vega

Confesiones imperdibles. Foto:

Francisco Mouat

Cuando hablamos de cronistas chilenos del siglo 20, el nombre de Joaquín Edwards Bello salta de inmediato. Con justicia, por lo demás: a estas alturas, es difícil discutir la calidad e importancia de Edwards Bello en la crónica nacional. Pero hay otros cronistas, tan buenos como Edwards Bello, pero de un perfil más bajo. Más serenos, más elusivos, a ratos con más humor. Daniel de la Vega es uno de ellos. En una de las crónicas que forman parte de sus Confesiones imperdonables, De la Vega cuenta con maestría cómo vivía el diario La Mañana, adonde llegó a trabajar una noche del verano de 1912. Su función: "Escribir notas breves para redacción, encargarme de las lecturas de las fotografías de primera página y trasnochar". Sobre todo lo último: trasnochar. El diario La Mañana en sus últimos años de vida andaba a patadas con el dinero, luchando contra la bancarrota. En un momento se hizo cargo del periódico Emilio del Villar, quien después de hacer preguntas al personal se encerraba en su escritorio a sacar cuentas. Un día, consciente de que La Mañana no tenía arreglo, Del Villar se marchó en puntillas y no se despidió de nadie, y el resto del personal creyó durante toda una semana que el hombre se mantenía concentrado en su oficina tratando de salvar el diario. Hasta que una tarde, "con gran sorpresa, abrimos la puerta y encontramos el escritorio solitario".

La situación se puso tensa cuando las oficinas del periódico empezaron a ser ocupadas por atorrantes que no tenían dónde dormir. Ofrecían escribir unas líneas a cambio de entradas para el teatro y un sofá para pasar la noche: "Eran unos individuos siniestros, que no se afeitaban jamás y que andaban con unos sobretodos muy largos y muy raídos. ¡Son los monstruos de la derrota!, decíamos nosotros".

De la Vega y sus colegas llegaron a tener miedo de entrar al diario y recorrer sus salas casi desocupadas, entre otras cosas porque corría el rumor de que estos atorrantes se habían comido a un reportero de apellido Fernández, bastante gordo y buena persona: "Desapareció misteriosamente. Y en cuanto se preguntaba por Fernández y se trataban de averiguar las causas de su ausencia, los hombres siniestros se ponían muy nerviosos".

Como no llegaban avisos, como nadie estaba cobrando sueldo, era frecuente que partiera uno de La Mañana al mesón de anuncios de El Diario Ilustrado a tratar de levantar un cliente. Apelando a engañifas y maromas, una vez lograron convencer a un sujeto de que trasladara un aviso de defunción de El Diario Ilustrado a La Mañana, lo que significó prácticamente asaltar al deudo y quitarle entre cinco el billete con que venía a poner el aviso apenas pisó las oficinas del diario.

"Una tarde de los primeros días de marzo de 1916", La Mañana dejó de existir y los escasos protagonistas de esta historia se separaron. De la Vega "se echó a andar hacia el porvenir”. Aprendió como nadie el arte de escribir historias, encantó durante décadas a sus lectores, obtuvo tres Premios Nacionales (Literatura, Periodismo y Teatro) y todavía nos sigue encantando, cuando han pasado casi cien años de esa noche de verano en que llegó a trabajar al diario La Mañana.

Confesiones imperdonables, de Daniel de la Vega, de Lolita Editores.


 
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