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Las expediciones turísticas saturan el Everest y casi se pide turno para subir

La cima del planeta se vuelve un negocio para quienes pueden pagar un ascenso sin ser alpinista.

Las expediciones turísticas saturan el Everest y casi se pide turno para subir

Turismo satura el Everest. Foto: Getty Images

En 2018 el Everest vivió el récord de ascensiones con 802 personas que pisaron el techo del planeta, aunque solamente una no empleó oxígeno artificial. Una realidad en extremo diferentes a la travesía que vivieron los montañistas Reinhold Messner y Peter Habeler, los primeros seres humanos que desafiaron a los 8.848 metros de altura.

Ahora sólo el 4% de las 4.833 ascensiones que observa el Everest se lograron sin la ayuda de oxígeno en cilindro, una forma de dopaje aceptada y recomendada por todas las instancias que no desean que el Everest sea un cementerio. "Son turistas", dice Messner. Hoy la cima es un negocio más y alejado de la aventura de los pioneros.

Habeler está convencido de que "la mayoría de los que pisan el Everest jamás deberían hacerlo". Informa El País que cada año 1.000 personas entre escaladores profesionales, guías y clientes tratan de escalar el Everest. Para ello, hacen cola, como a la entrada de los estadios de fútbol. Casi hay que pedir turno para subir el Everest.

Un 64% de los ascensos vienen de Nepal y 36% desde China según el Himalayan database. Escalar el Everest cuesta entre 26.000 y 115.000 euros: la primera es la tarifa baja, pero hay una intermedia de 60.000 euros. Las tarifas bajas son de Nepal, mientras que las altas pertenecen a empresarios extranjeros que emplean varios guías.

El oxígeno embotellado cuesta unos 5.300 euros y da para unas 20 botellas, la medida para no congelarse, dormir y no comprometer el viaje de ida y vuelta a la cima. En 1978, Habeler y Messner escalaron hacia lo desconocido. Habeler asegura que escaló concentrándose en colocar un pie por delante del otro.

Habeler sufrió alucinaciones y ambos siempre miraron hacia la cima. Eran bestias motivadas, dos con una fortaleza psicológica desmedida. "Fue mi alma quien me condujo hasta la cima", escribiría Messner. Cuatro décadas después apenas 200 alpinistas quisieron seguir su ejemplo. Otros muchos son turistas en la cima del mundo.

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