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La vida de Assange según quienes lo vigilaban en la Embajada de Ecuador en Londres

De 2012 a 2017 una empresa de seguridad española se ocupó de proteger al huésped en su encierro.

Agarrado por tres policías y a gritos, un Julian Assange desaliñado y envejecido pisó la calle el jueves por primera vez en siete años. Abandonó a la fuerza el edificio de la Embajada de Ecuador en Londres, donde se había atrincherado para evitar ser detenido. Varias cámaras registraban sus movimientos en el refugio en el que acabó atrapado. Este es el relato de su día a día construido a partir de los testimonios de una docena de guardias de seguridad —a las órdenes de una empresa española— encargados de proteger la legación hasta 2017.

La vida de un fontanero español se cruzó por segunda vez con la de Julian Assange en 2016, cuando recibió una llamada en la que una voz conocida le encargaba una faena especial. Tenía que viajar desde el pueblo valenciano donde vivía hasta Londres para reparar una avería en un cuarto de baño. El atasco está en el aseo del ciberactivista más buscado del mundo en la Embajada de Ecuador. Cuatro años lleva allí refugiado el antiguo periodista y hacker nacido en Australia en 1971, fundador de Wikileaks. El temor a ser espiado obsesiona a Assange y a quienes lo rodean en la Embajada.

Al fontanero lo llamaron los guardias de la seguridad privada de la misión diplomática. Necesitaban que arreglara el baño alguien de confianza, y a él lo conocían porque había trabajado cuatro meses y medio con ellos como vigilante, un año antes. Temían que, con el pretexto de arreglar el baño, se les colara la inteligencia británica. La factura de los cuatro días de reparación es tan infrecuente como el encargo: unos 4.000 euros. Assange ya podía volver a dejar correr el agua de la ducha. Lo hacía para entorpecer posibles escuchas, según recuerdan que les contó los guardias.


 

Este episodio revela hasta qué punto un incidente cotidiano se convierte en una complicación si afecta al huésped más incómodo del mundo, en ese momento perseguido no solo por el Reino Unido, sino también por Suecia. "Huésped" es el apelativo con el que se refieren a Assange los informes que redactan los vigilantes de seguridad; coloquialmente, algunos lo llaman El Juli.

¿Cómo han llegado unos vigilantes españoles a trabajar en la Embajada de Ecuador en Londres? Son empleados de UC Global, una empresa de defensa y seguridad privada. Uno de sus propietarios es David Morales, que se reparte el encargo de proteger la legación diplomática con la empresa Blue Cell, cuyo dueño tiene buenos contactos con el Gobierno ecuatoriano que entonces presidía Rafael Correa.

Morales fichaba en su entorno a exmilitares y exescoltas, pero también a personal con menor cualificación. Algunos son empleados solo unas semanas. Otros, años. UC Global trabajó en la Embajada desde poco después de la llegada de Assange hasta 2017, cuando perdió el favor de Ecuador al ser elegido Lenín Moreno como presidente. 

Al poco de llegar el ciberactivista, "todo se llenó de cámaras", dijo Txema Guijarro, hoy diputado de Podemos y entonces asesor de la cancillería ecuatoriana, destinado a Londres para ayudar a gestionar el problema diplomático que suponía tener en la legación al fundador de Wikileaks.

"Assange tenía siempre la obsesión de que esas imágenes podían ser hackeadas y de que, por tanto, les estuviéramos haciendo el trabajo de contrainteligencia nosotros mismos a los británicos", rememora el exasesor. Se instalan monitores, una videograbadora y un equipo autónomo de alimentación en un cuarto de archivos. Los guardias lo bautizan "la baticueva", como el cuartel subterráneo de Batman. La instalación permite, según asegura su responsable, que la señal audiovisual se vea en tiempo real en Quito. Una investigación del diario The Guardian calculó en cinco millones de dólares los gastos destinados a la operación para proteger —y vigilar— a Assange durante cinco años. 

En ese ambiente de sospechas mutuas y rodeado de vigilantes y cámaras, Assange busca privacidad. Se levanta tarde para trabajar en sus ordenadores y se acuesta bien entrada la madrugada; así no se cruza con el personal diplomático. Aunque no puede salir, recibe cientos de visitas. Antes de cada una, es necesario cursar una petición con dos días de antelación, que queda registrada. El embajador es el responsable de dar el visto bueno cada vez. Entran en la embajada famosos como Lady Gaga, el actor John Cusack, Yoko Ono y su hijo Sean Lennon o la diseñadora Vivienne Westwood, que solía llevar comida a Julian. Él agradece en especial comer carne y beber vino tinto. Pero el ir y venir de extraños altera el quehacer de una mera oficina diplomática. "Los funcionarios y el cuerpo diplomático estaban cansados de reportajes y entrevistas, y de que Assange y su gente usaran la sala de reuniones", dice un vigilante.

Conforme pasa el tiempo y el encierro se cronifica, la angustia de Assange se acrecienta. En una ocasión, los agentes tuvieron que entrar en su habitación para tranquilizarlo. No solo se deteriora su estado de ánimo; también sufre problemas físicos. Con el paso de los años, arrastra los pies al andar y acusa problemas de visión debido al encierro. No fija bien la vista. El médico le recomienda mirar a lo lejos y la embajada le da otra habitación desde la que se ve la calle. La misma que pisó el jueves pasado, a la fuerza, después de 2.494 días.

En los cinco años que los guardias de seguridad consultados vigilaron a Julian Assange, observaron en él comportamientos que les resultaban excéntricos. El fundador de Wikileaks hizo de la Embajada su refugio y cuartel general, pero también su casa. Los vigilantes cuentan que Assange da entrevistas a la televisión en calzoncillos, vestido solo de cintura para arriba, la parte que aparece en pantalla. Se descuida y deja sucio el aseo después de usarlo y algunos funcionarios se quejan al embajador de entonces, Juan Falconí. Otros trabajadores toman fotos de los desaguisados. La cocina que usa Assange es pequeña y sin extracción de humos y, aunque recurre mucho al microondas, a veces también a un hornillo eléctrico para guisar. Eso molesta a los empleados de la legación diplomática. En otras épocas, coincidiendo con importantes filtraciones de Wikileaks, se festejan los éxitos a lo grande. Otras veces está más solo y, con su inseparable colaboradora Stella Morris, mata el tiempo jugando con un monopatín por la Embajada o se dedica a dar patadas a un balón por el pasillo.

A veces, también ponía en apuros al equipo de seguridad. En una fiesta de cumpleaños, una drag queen amiga entra en la Embajada. Un vigilante monta en cólera porque teme que bajo su peculiar indumentaria introduzca algún objeto extraño.

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