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"Vine a morir en el día más feliz", una crónica para recordar la tragedia de Heysel

El episodio ocurrió en 1985 para la final de la Champions entre Liverpool y Juventus.

Tragedia Heysel . Foto:

Francesco Scagliola, Revista De Cabeza

“Vine a Bruselas, para morir. Deformado contra este cemento de mala calidad que se desmorona como arcilla añeja. Vine a Bruselas para morir. Con una mano empujada contra el esternón en el intento de conceder a lo que queda de mis pulmones por lo menos medio centímetro de dignidad para exhalar un último respiro. Vine a Bruselas para morir. Lejos del abrazo contento de mis viejos al verme, tan solo ayer, partir rumbo a esta apasionante aventura …Ay mamá, cuanto desearía poder decirte que te duermas feliz, porque mañana volveré de nuevo a desayunar contigo… Vine a Bruselas para morir. A miles de kilómetros de mi pasado y a miles más de mi futuro. Y a solo unos metros de este césped tan verde como aquellos que, cerca de mi casa, en la mañana lloran lágrimas de rocío. De aquellos donde tiraría patadas a una pelota, de haberla,  para desahogar en un interminable estruendo liberatorio cada pequeño músculo de este cuerpo mío. Un esqueleto de carne y huesos ahora sutil y frágil como una hoja otoñal quebrantada por una pila de libros que nunca he leído. Vine a Bruselas para morir. Inerme, indefenso, trágicamente desprevenido. Sin uniforme y sin fusil. Arrinconado como una presa que se resbala en su propia sangre frente a centenares de lobos hambrientos. Vine a Bruselas para morir. A morir en menos de diez centímetros cuadrados, con una bufanda desgarrada y una entrada en el bolsillo, debajo de un incendiario arrebol primaveral, en el día más feliz de mi vida.”

 

El más feliz. O al menos, para muchísimos hinchas juventinos, uno entre los más felices. Porque el 29 de mayo de 1985, en el vetusto estadio Heysel de Bruselas, es en programa el último y más importante acto de aquella temporada futbolística. Juventus VS Liverpool. Gran final de la Copa de Clubes Campeones de Europa 1984/85 (actual Champions League).

Pues a nadie de los que han llegado a la capital belga vistiendo a rayas blanco y negras cabe la menor duda: están en el mejor lugar del mundo exactamente en el mejor momento posible. ¿Y cómo quitarles la razón?

Por lógica entonces esto debería ser el relato glorioso de como la Vecchia Signora conquistó, por fin, su primera y tan añorada “orejona” contra los campeones vigentes. Deberían ser, antes que todo, las miles de narraciones de aquella triunfal noche europea cantadas, una y otra vez hasta el agotamiento, por cada tifoso  durante las perezosas juntas domingueras con los amigos para ver la SerieA.

Por lógica, tal vez, el destino debería haber guardado exactamente este guión para la Juventus y su pueblo. Proposición hipotética de la irrealidad; porque aunque el equipo de Turín sí terminará  conquistándola aquella primera y tan añorada “orejona”, esta es una historia que no admite guión, y acepta solo pura y torpe improvisación.

Sí, eso es: una historia trágicamente improvisada que empieza con un estadio ruinoso  y un precario alambrado separando dos mundos antitéticos.

Pues por un lado, en el Sector “Z”, o sea el último trozo izquierdo, mirando desde la cancha, de la gran grada del estadio Heysel, toman posición  miles de hinchas juventinos. Por decir la verdad la mayoría de los  seguidores de la Vecchia Signora, incluyendo las franjas “ultras”, se encuentra al otro lado del recinto deportivo, en la grada opuesta, que adornan con un pintoresco despliegue de banderas. Sin embargo, muchos belgas “neutrales”, a los cuales la organización local junto con el UEFA había destinado la “Curva Z”, han re-vendido sus entradas a diferentes agencias de viajes itálicas. Resultado: aquellos boletos han llegado rápidamente en las manos jubilosas de unos miles de italianos completamente ajenos al mundo de las hinchadas organizadas. Los más simples y sinceros aficionados de esta pelota que rueda sobre el pasto. Los que comen palomitas con coca.-cola antes de una final de Copa. Individuos procedentes de toda clase social. Obrero, conductor, estudiante, ama de casa, medico, ingeniero. Son la pacifica multitud de los domingo al estadio con la familia.

Cada uno agarrando cuidadosamente el sueño de ver en persona a su propio equipo coronarse finalmente campeón de los campeones. “Coupe Clubs Champions Européens. Stade du Heysel. 20.15 Bloc Z. 330 fr.” recita el papel arrugado que ofrecen a los encargados en la única portezuela por la que se accede al estadio. Pero nadie lo revisa aquel anhelo hecho papiro. Es más: nadie registra a nadie dentro de la muchedumbre. Hay que entrar, e incluso rápidamente.

Adentro, sin embargo, toma forma una grada positivamente emocionada  que, en muchos aspectos, fotografía bastante exhaustivamente la sociedad italiana de los años ochenta, más allá de la fe futbolística. Una Italia donde, terminado el sanguinario enfrentamiento con el terrorismo, parece haberse ya consumado el furor de las hostilidades ideológicas: la colectividad se inclina hacia la colaboración para una mejora global de las condiciones económicas. Hasta la abolición del mecanismo de indexar automáticamente los sueldos según el aumento de precios de algunos productos de consumo masivo no genera luchas sociales particularmente tensas. Es el sacrificio mínimo que hay que pagar a cambio de una justa modernización. Y aunque el individualismo tome pie, la impresión es que nadie se quedará fuera. Los bancos otorgan hipotecas con facilidad, el consumismo triunfa, y el Estado no duda en aumentar la deuda pública a pacto de no crear desempleo en el sector público. Se evita, en fin, el brutal clasismo que, en cambio, desborda peligrosamente en los mismos años en la Inglaterra de Margaret Thatcher.

Pues al costado del sector Z, al otro lado de el alambrado en las gradas denominadas X e Y, están los hijos marginados de la “Lady de hierro”. Han llegado por mar, desembarcando en Ostende y bajando hasta Bruselas como una horda barbárica. Escarmentados con los desordenes por la final anterior en Roma, donde se habían “dado batalla” con sus correspondientes romanos. Así dentro del estadio, como consecuencia de las grotescas inspecciones, han entrado de todo: latas de cerveza, piedras, palos en cantidad industrial. Además casi no hay policía y el territorio “enemigo” por conquistar está indefenso a apenas a unos centímetros.

Es una manada de lobos famélicos producto del “thatcheriano” capitalismo “tecno-nihilista” que ha triturado el equilibrio entre individuo y colectividad. Una situación donde  se agudiza el resentimiento de los excluidos hacia los privilegiados. Donde la sociedad ya no existe, y las leyes del mercado se vuelven el único canon de organización social. Donde se le quita a la dimensión pública la fundamental tarea de ser el lugar de mediación entre el “yo” y los demás.

Sin embargo el deseo de comunidad, lejos de desaparecer, ha tomado el arcaico camino de la contraposición nosotros vs ellos. Surge así una “hipertrofia de identidad” que se puede  alimentar solo con el conflicto: y justamente aquí se insertan estos grupos de agregación del tipo hooligans que se jactan de eslogan como “We hate humans”. El ideal de la pandilla otorga, sobre todo a los jóvenes de las periferias urbanas (Liverpool será una entre las ciudades más golpeadas por lo que concierne las luchas sindicales), un remedio contra las frustraciones. “Gran Bretaña necesita más millonarios y menos fracasados” afirma la Tatcher. Pero nadie quiere marcharse. Y a la orilla del Mersey siguen cantando “We shall not be moved just like a team that’s gonna win the European Cup”.

Y ahí está: el reloj marca las 19.08 cuando, en el Heysel, aquel frágil alambrado todavía divide este dos mundos tan remotos. Sin embargo, pese a la aparente calma, ya sopla una inexorable sensación de catástrofe: demasiados Reds cerca de la separación metálica, demasiadas astas sin banderas, demasiado olor a cerveza caliente empapando el aire. Demasiada baba enfurecida chorreando por aquellos colmillos rechinados.

De hecho  deflagran un par de piedras. Vuelan algunos insultos pesados hacia el sector “Z”. Y, luego, hacen falta tan solo unas pocas patadas británicas para hacer pedazos de aquel simulacro de división. Los policías ni aparecen. Ocurre entonces lo que siempre ocurre cuando gente armada ataca gente indefensa: los débiles huyen alienados por el pánico. Incapaces de tomar algún tipo de decisión correcta. Como estuviesen sentenciados a priori.

Y así será. Porque allí en la “Curva Z” no hay salida, solo condena. 6000 personas, en un puñado de minutos, se aplastan y se pisan a centenares una arriba de la otra ahí donde antes cabían apenas quinientos; en un esquizofrénico intento de vana salvación. Los hooligansReds, mientras tanto, van y vienen como un aterrador maremoto de sangre blandiendo botellas rotas, cuchillos y palos. Encarnizan con quienes les de la gana hasta que, a las 19.15, las incursiones se detienen.

Los sobrevivientes, al fin, pueden invadir la cancha desahogando la humana presión en los lamentos de quien no encuentra al padre, al hijo, al hermano, al amigo. Tirados sobre los escalones, en cambio, quedan  los cadáveres grisáceos, hinchados, quebrados por el asfixia.

Solo más tarde, mientras afuera del estadio se practican rudimentarias traqueotomías y adentro el sector “Z”  permanece vacío y tapizado de zapatos, andrajos, bufandas, polvo, vidrio y coágulos, saldrán los jugadores para “mitigar” los ánimos. El altavoz deletreará los nombres de los muchos desaparecidos hasta que los capitanes, Scirea y Neal, leerán un mensaje conjuntos: “Jugamos para ustedes”. Exacto, con dos horas de retraso, el partido se disputa. Por “motivaciones de seguridad”, será la justificación del UEFA; aunque la Copa queda en juego. “Ganará” la Juventus gracias a uno de los penales más inexistentes de la historia del futbol transformado por Michel Platini. Que lo celebra.

Sin embargo es demasiado tarde para recuperarse (desde luego!). La vorágine de la confusión, del desconcierto y de la desorganización hace rato ha tragado, como fuese la garganta maloliente de un monstruo ancestral ignorado hasta aquel momento, el oval que había sido el estadio Heysel de Bruselas.

Federico Buffa, probablemente el mejor periodista deportivo italiano actualmente en actividad, ha definido muy sutilmente el siglo XX como el siglo “del fútbol”. De serlo, lo ocurrido en el Heysel se configura indudablemente como un holocausto. Por esto, aunque desde el año 1994 se haya re-bautizado “Rey Baldovino” y sea hoy en día un estadio totalmente remodelado, el Heysel queda siendo una matanza, no un lugar. Pues, como en toda matanza, un tenue vislumbre de objetividad lo se puede encontrar solo en la crudeza estremecedora de los números que, en este caso, simplemente subrayan la violencia, la incompetencia y la negligencia de aquella cálida noche de mayo de hace treinta años.

80 centímetros la anchura de la única puerta para acceder y salir del sector “Z”. 1 el muro que se derrumbó por la espantada presión humana. 25.000 los ingleses que llenaban los sectores X-Y. 17.200 los puestos disponibles. 5 los gendarmes a guardia de la hincada inglesa. Indefinible la cantidad de alcohol engullida por estos violentos personajes antes de desatar el caos. 400 los heridos y 0 los equipamientos de reanimación.

39, en fin, las personas (32 italianos, 4 belgas, 2 franceses, 1 irlandés) que se fueron a Bruselas para morir. 39 los cadáveres (36 varones, 2 mujeres, 1 niño) que quedaron tendidos al borde de aquella cancha belga. 39 los certificados sellados del hospital militar de Bruselas que definen los fallecimientos “accidentales”. 39 los cuerpos que regresaron a sus casas lívidos, machacados, irreconocibles dentro de un ataúd.

Y 34 las madres que aquella noche descolgaron el teléfono: “Señora… – silencio – habla con la Embajada de Italia en Bruselas…

“Vine a Bruselas para morir. Con una bufanda desgarrada y una entrada en el bolsillo debajo de un incendiario arrebol primaveral. Vine a morir en el día más feliz de mi vida.”

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