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Escucha Chile: Primer día en Moscú

Juan Cristóbal Guarello repasa el Moscú del siglo XIX y la influencia literaria de Pushkin.

Escucha Chile: Primer día en Moscú

Moscú, fría y húmeda, recibe la Copa Confederaciones. Foto: Getty Images

Desde Rusia, Juan Cristóbal Guarello

Primer día en Moscú. llueve, una lluvia fina que se pega al cuerpo, al abrigo. A los rusos no les molesta, están acostumbrados, para ellos la primavera es así, húmeda, fría, muy cercana al invierno chileno.

Poco ambiente para la Copa Confederaciones, previsible, para ellos es un evento deportivo más, por el momento algún letrero, algún recuerdo que se vende, algún cartel por ahí perdido, sobre todo en el aeropuerto, pero en general la ciudad parece ajena a esta competencia.

Una ciudad limpia, impoluta, impecable, los rusos tienen una obsesión con la limpieza, con el aseo, se cae un papel e inmediatamente alguien lo recoge, por lo menos en esta ciudad no se ve ni siquiera un graffiti, por ahí había uno escondido en una callejuela, pero las calles no están rayadas y al parecer las penas son bastante duras para los rusos.


 

Una ciudad que con esta temperatura, que con el cielo nublado, húmedo es muy melancólica, y uno entiende de alguna manera el romanticismo ruso, la literatura romántica rusa. Hay un hombre que es clave en ese aspecto, pensando en el Moscú del siglo XIX, estoy pensando en Pushkin, el padre de la literatura moderna rusa, el inspirador de Gógol, Tolstói, Dostoievski. Un extraordinario poeta.

Él tenía un poema que hacía llorar a Dostoievski, que no lo voy a leer porque la traducción es complicada, supongo que en ruso suena mucho más intenso que en castellano. Pero hay uno que se llama Recuerdo, que muestra la capacidad, contundencia literaria de Pushkin, y me voy a dar un pequeño espacio para leer -me creo un poco Pancho Mouat- un fragmento también de Recuerdo de Pushkin y dice así:

Ante mí, lentamente, la callada memoria

despliega su largo pergamino;

y al leer en él con asco aquello que yo he sido,

maldigo todo y me estremezco

y amargamente lloro y amargamente gimo,

mas no borro las tristes líneas.

Ése es Pushkin. Mañana viajo a Kazan, la Copa Confederaciones en el plano futbolístico todavía no prende. Ayer llegó Claudio Bravo, estaba enojado con la prensa una vez más, bastante común en él.

Ya habrá tiempo de preocuparnos de la pelotita, por mientras nos impregnamos del ambiente ruso, en esa ciudad que en algún momento fue la Roma del socialismo mundial, que mantiene sus estructuras stalinistas, pero también otras muy modernas como el World Trade Center que se ve desde la ventana. Una ciudad contradictoria, hermosa, gigantesca, una megápolis, con tal vez el mejor trazado de metro del mundo; impresionante, que nos recibe -como son los rusos- con indiferencia.


 
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